sábado, 7 de junio de 2014

Otra que casi me había olvidado...

Acá la gente no te sonríe. Puedes cruzar miradas incluso a medio metro de distancia. Y no hay quién carajos te sonría. Y si tú les sonríes, voltean la cara, miran para otro lado. Como diciendo: acá no ha pasado nada y nadie ha tenido la indecencia de mostrarme los dientes. 
Cosa que no es precisamente mala.
Entre una multitud que tiende a ignorarse, una logra hacer retratos callejeros sin hacerse mucho problema.

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De la serie: Milaneses. Thania Zepol 2014


viernes, 30 de mayo de 2014

Como a la peste

Ya se me había olvidado. Los italianos (al menos los de las dos ciudades en que he pasado temporadas largas: Milán y Turín), combaten al sol como si de la peste se tratara. Pasan la mayor parte del tiempo con cielos encapotados, atascados de lluvias, de nieve, de aguanieve. Y cuando finalmente el sol se decide y se abre paso entre tanto nubarrón y resplandece y calienta, la gente corre a esconderse.
Como ahora, en Milán. 
El cielo está despejado. El famoso azul celeste. Y hay nubes blancas y espesas como crema recién batida. Asomo la nariz allá afuera y todas las ventanas de todos los edificios de esta cuadra tienen las cortinas corridas o las persianas bajas. Salimos a dar un paseo y la misma cosa sucede en la cuadra siguiente y en la siguiente. 
Ayer estuvo nublado toda la mañana. Incluso a ratos llovió en serio. Todas las cortinas y las persianas estaban abiertas. 
Lo lindo de esta casa es que es fresca ¿sabes?, no le da el sol. Dijo alguien que intentó vendernos un apartamento en Turín hace varios años. 
El que la escasez de luz diurna en una casa sea un plus y no un menos, es una de las muchas razones por las que nunca me gustó acá, pienso mientras damos la vuelta en una cuadra y la fachada del  Duomo nos ciega en tantos blancos como decía Borges que era la ceguera. Si eso decía o mi memoria está inventando. O peor, me estoy confundiendo con uno de los Ensayos de Saramago. Que tampoco llegó nunca a gustarme del todo, la verdad.


viernes, 7 de febrero de 2014

Diferencias y similitudes entre una entrevista de trabajo en una escuela de idiomas en México, y una en Italia.

DIFERENCIAS

Cómo comienza la entrevista:

MÉXICO
– A ver, cuéntame. ¿Qué estudiaste, en qué has trabajado, qué experiencia tienes en el ramo de la educación o de la lengua?

ITALIA
– Mmmm. Entonces no tienes el título de profesor de español como lengua extranjera. ¿Y qué te hace pensar que podrías trabajar en una escuela de idiomas? ¿Porqué nos mandaste tu currículum?


A mitad de la entrevista:

MÉXICO
– Así que eres escritora... Y has escrito en varios medios... Y también literatura, claro, ¿cuentos?... Y has publicado, okey... Y me decías que has tomado también talleres literarios, ¿verdad?... Me gusta eso que dices, que tienes amor por el idioma español, porque a veces hay maestros que estudian para enseñar. Y sólo saben hacer eso: enseñar. El método que nosotros usamos se basa más en el contenido, en desarrollar la capacidad argumentativa del estudiante; que en repetir la gramática como loritos... Si eres escritora, me imagino que podrás desarrollar un tema e ir llevando al estudiante a través de él para lograr que aprendan a estructurar ideas en español, más que aprender frases hechas o tiempos verbales... Y has vivido en varios lugares ¿verdad? Cuéntame qué has hecho.

ITALIA
– Mmmm. Escritora. Pero no estudiaste Lenguas, Literatura, Filología ¿cierto?... No... Mmmm.... Has tenido todos estos trabajos, pero ninguno tiene nada qué ver con la enseñanza del español para extranjeros... Mmmmm. Has cambiado de residencia varias veces ¿porqué?... 


Cómo finaliza la entrevista:

MÉXICO
– ¿Qué te parece si hacemos una prueba la semana próxima? Te mando el material y tú preparas una clase. La revisamos juntas, tú me haces propuestas, yo te doy algunos consejos o algunas líneas que sigue nuestro método. Vienes, das la clase y vemos cómo te sientes, cómo se siente el estudiante; y vamos viendo ¿no?... Perfecto, nos vemos el martes, entonces. Que te vaya bien.

ITALIA
– Lo siento, pero estamos buscando a alguien que esté calificado para la enseñanza del español como lengua extranjera. No podemos contratar a una persona que no tiene la certificación... Buenas tardes... Hasta luego.


Duración aproximada de la entrevista:

MÉXICO
30 minutos.

ITALIA
8 minutos


SIMILITUDES

MÉXICO
El sueldo que ofrecen por una hora de trabajo es equivalente al sueldo que gana por hora una persona que se dedica al aseo. No hay contrato. Todo es "a la mexicana".

ITALIA
El sueldo que ofrecen por una hora de trabajo es equivalente al sueldo que gana por hora una persona que se dedica al aseo. No hay contrato. Todo es "en negro".

viernes, 26 de julio de 2013

Hombre al celular en trolebús chilango

- Dime, campeón. ¿En qué te puedo ayudar? ... Mira, te digo la verdad. Porque tú sabes que... ¡Eso! Tú sabes que yo soy honesto, papá. Mira, tióricamente, es dificilísimo. En la realidad, de verdad, es un tantito más que imposible... Yo te lo digo como es... Pero si te urge... Ahí voy. Pérame. Si te urge, déjame ver qué puedo hacer. Pus estamos en México ¿no?.... Jajaja. Órale campeón, ya'stás.


martes, 24 de enero de 2012

Pausa

Bueno. Pues es hora de ponerle la pausa a este blog. De hacerlo de manera formal, porque en la práctica, hace ya meses que la tiene.

El milagro llegó.

No en forma de novela, relato o micro ficción. Llegó con manos y pies inquietos, con ojos asombrados que parecen cuestionar el mundo, con una boca minúscula colmada de hambre, con un cuerpecito diminuto y demandante.
Así que por un tiempo, me retiro de esta y de todas las otras actividades que exige una vida virtual. Sólo por un tiempo. Es muy probable que eventualmente sienta las ganas de volver acá y contar lo que acabo de ver en la plaza, la conversación que oí en el autobús, lo que pasó apenas en el consultorio médico.
O no.
Ya veremos.

Postdata.
Gracias por haber leído, por cierto.


martes, 8 de noviembre de 2011

De vueltas y tormentas

Y quién dice que volver es sencillo. Ya sea volver a la casa paterna, al cafecito de aquella esquina, a la ciudad de origen, a la otra donde fuiste tan feliz, a la patria, o al lugar en el que estás viviendo tu historia reciente desde hace unos cuantos años. Hay vueltas que son un tango (o un bolero) y otras que son felicísimas. Pero hay unas que son espantosas. Esta reciente vuelta a la ciudad en que vivo, entra en esta última categoría. No sé si alguna vez lo dejé asentado por escrito acá, pero Turín me gusta poco y pocas veces. En estos días no me gusta nada. Es cosa de las circunstancias.

Verán, Piamonte es una especie de zona fausta donde Zeus se descarga cada vez que le coge uno de sus habituales ataques coléricos. Así como algunas personas se encierran en el baño a golpear azulejos, o se meten al bar de la vuelta a buscar bronca, o se trepan a la azotea para gritar a gusto cuando andan irritados del ánimo. Así, igualito. Pero en deidad. Y ahí llegan sus ejércitos de nubes y se ponen a tronar y a resplandecer y a tirar agua sin consideración. Quizás sean ataques que en perspectiva divina duran cosa de minutos, un grito y un puño estrellado contra una superficie dura y ya está. Pero en tiempo terrestre y mortal, la cosa se extiende normalmente por días y a veces por semanas. Y entonces caen cascadas y cascadas de agua y las esquinas se vuelven lagos y las calles riachuelos y en las colinas hay argayos y el Dora y el Po engruesan sus cauces y amenazan con desbordarse.

Cuando tal cosa sucede, uno se despierta con el repiqueteo de la lluvia, pasa el día entre bramidos y estruendos del aguacero y se va a la cama con el tintineo de las gotas y los gotones en las ventanas. O cualquier viceversa posible.

Pues así es como anda la cosa en los últimos días. Desde el viernes cuando el avión aterrizó en medio de ráfagas de viento y agua, hasta esta mañana, cuatro días después. Cierto que en estos tiempos aciagos, Liguria está sufriendo en serio y que esa es una verdadera tragedia que con ligeras variaciones de locación, se repite cada año. Pero esa es otra historia.

Yo vine con la intención de hablar de este microcosmos. Donde con este cielo gris y de un chorreante perpetuo, la vuelta está resultando espantosa. Y si me apuran, diría que hasta tristísima.

jueves, 27 de octubre de 2011

Crónicas chilangas 4 / En el taxi

- Aquí todo derecho, por Eje Central, por favor.
- Sí. Por todo el eje ¿verdad? ¿Hasta dónde?
- Pasando Izazaga.
- Ah, en Izazaga ¿para dónde, oiga?
- No, no exactamente en Izazaga. Unas cuadras más adelante.
- Ah, más adelante ¿verdad?
- Sí.
- Pero ¿a la derecha o a la izquierda?
- A la izquierda.
- Ah, a la izquierda ¿verdad?
-Sí
...
- Pero es que creo que en Izazaga no hay vuelta a la izquierda ¿no?
- La verdad, no lo sé, señor.
- Sí. Es que creo que no hay vuelta ¿verdad?
- Pero no se preocupe, yo no voy a Izazaga, sino unas cuadras después.
- Ah ¿no va a Izazaga? Vamos a dar vuelta a la izquierda ¿verdad?
- Sí.
...
- Nomás que le digo que creo que en Izazaga no hay vuelta a la izquierda.
- Pero yo no voy a Izazaga , señor.
- Ah, no va. Porque es que ahí, me estoy acordando, no hay vuelta.
- No importa si no hay vuelta, señor. Yo voy unas cuadras después.
- Ah. No va a Izazaga ¿verdad? Y ¿entonces dónde damos vuelta?
- No me acuerdo el nombre exacto de la calle, pero es dos otres cuadras pasando Izazaga.
- Ah, sí. Pasando, entonces. Vamos a dar vuelta a la izquierda ¿verdad?
- Sí.
...
- ¿Y a dónde es que va, oiga?
- Al mercado de San Juan.
- Ah, va al mercado.
- Sí.
...
- Ahora que me estoy acordando, creo que no hay vuelta a la izquierda para ese mercado ¿verdad?
- Para el de comidas supongo que no, porque está en Izazaga y ahí no se puede dar vuelta, dice usted.
- Sí, es que le digo que me acuerdo que no hay vuelta.
- Pero yo no voy al de comida, señor. Voy al mercado de artesanías.
- Ah, al de artesanías va, no al de comida ¿verdad?
- Sí.
- Y ¿ese dónde queda, oiga?
- No me acuerdo el nombre de la calle, señor. Pero ahorita que lleguemos me fijo y se lo digo.
- Ah, no sabe qué calle ¿verdad?
- Sé dónde dar vuelta, pero no me acuerdo el nombre exacto.
- Ah, no se acuerda.
- No.
- Orita que lleguemos, vemos ¿verdad?
- Sí.
...
- ¿No es el que está en el parque, el mercado que dice?
- No, el del parque es el de la ciudadela.
- Ah, es el de la ciudadela ¿verdad? Este es otro.
- Sí.
- Es otro mercado de San Juan.
- Sí.
- Que no es el de las comidas.
- No.
- Pero sí venden artesanías ¿verdad?
- Sí.
...
- Pero no es el mercado ese que está en Izazaga ¿no? Porque le digo que creo que no se puede dar vuelta a la izquierda ahí.
- No, es pasando Izazaga.
- Ah, más adelantito ¿verdad?
- Sí.
...
- Mire lo que le digo, que me acordaba que no hay vuelta a la izquierda aquí.
- No, señor, que ya le dije que yo... ¿Sabe qué? Me bajo en la esquina.
- ¿Aquí? Pero esta es Izazaga. ¿No dijo que iba más adelante? ¿O a Izazaga iba? Porque aquí le digo que no hay vuelta a la izquierda.

domingo, 23 de octubre de 2011

Crónicas chilangas 3 / En la tienda

- ¿Cuánto cuesta este, señora?
- En treinta pesos, le sale.
- ¿Treinta? Pero si hace dos días pasé y me dijeron veinticinco.
- Mmmm. Ha de ver sido mi hija o mi marido. Así les gusta, andar regalando las cosas. Por eso él tronó con su negocio. ¡De verdad! Se lo digo porque es así. Mire, ahí está todo el piso con sus garrafones vacíos de que tronó. Por eso no pudo seguir con el negocio. No crea que se lo digo nada más porque sí. No. Se lo digo porque es la verdad, ¿eh?

martes, 18 de octubre de 2011

Crónicas chilangas 2 / En el taxi

- Disculpe ¿podría ir un poco más tranquilo, por favor?
- Sí, cómo no, pero pos ¡dígame! Si no me dice nada ¿cómo voy a saber? Si me dice primero, pos ya yo me voy más tranquilo. Si no habla, pos… Es que la gente dice siempre, no, que me vine en taxi para llegar más rápido, es lo que dice la gente. Pero si usted no quiere ir rápido y me dice, váyase por favor más des… o ni por favor, nomás me dice ¿sí se puede ir más despacio? Y yo me voy, sin ningún problema. Es que a la gente no se le entiende, es lo que le digo, si no habla, no se le entiende. Por eso le digo, dígame y ya yo me voy más tranquilo. Si no me dice y se espera a que yo vaya ruuuum paaam y ya entonces me dice, pos cómo voy a saber ¿no? Si me dice primero, pues ya sé. Por eso le digo ¡dígame!

jueves, 6 de octubre de 2011

Crónicas chilangas 1 / En el baño

Una tarde cualquiera, mientras usted se lava las manos, detrás de la ventana del baño podría escuchar una singular plática de la que apenas alcanza a recoger un par de frases que van más o menos así:
- Orita vengo
- ¿Vas a tu cantón?
- Simón.
- ¿A comer?
- No,voy a orinar.
Eso, por supuesto, en el caso de que usted viva lejos muy lejos, que esté de visita en la ciudad de México, que sea de esos que le ponen particular atención a las conversaciones ajenas; y que su madre se haya mudado a una casa que comparta uno de sus muros con un círculo poético.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Crónica de un vía crucis aéreo III

El cacharrito alado aterrizó en Barajas pasadas las diez de la mañana. El día anterior me habían dado un vuelo con Aeroméxico que partía a las tres y cuarto, así que tenía tiempo para reclamar lo que venía rumiando.

Busqué el mostrador de Iberia. Apenas dije a lo que iba, la señorita del uniforme me dejó claro que ahí no se entendían de reembolsos ni de indemnizaciones. Que para la indemnización debía rellenar un formulario en iberia punto com; y para el reembolso, ir a buscar la oficina de venta de billetes que quedaba bajando un piso, saliendo, tomando un ascensor y subiendo dos pisos.

Luego de preguntar tres veces por la mentada oficina, me formé en la correspondiente fila. El tipo que me atendió no fue nada simpático al inicio, como la mayoría en aquel aeropuerto. Cuando le conté lo mío, cambió de tono pero dijo que desgraciadamente no podía ayudarme. Ni siquiera con lo del taxi, porque ellos sólo pueden reembolsar inmediatamente los gastos por transportes que partan del aeropuerto de Madrid. Que lo que puede hacer señora, es rellenar un formulario y dejármelo aquí, que yo se lo haré llegar a los competentes. Que en un par de semanas, con toda seguridad, se comunicarían conmigo para hacerme saber si mi caso era considerado o no.

Nada. No había espacio para hablar con nadie. O Internet o papelito. Lo han planeado muy bien. Cada vez menos caras humanas que asuman responsabilidades. Convertir toda empresa en un Fuenteovejuna donde todos y nadie. ¿Qué se puede hacer frente a algo así? Pues rellenar el jodido papelito. Reclamando el reembolso del taxi y el monto de la indemnización por cancelación estipulado por el reglamento del parlamento europeo, porque ya que estaba ahí podía incluir los dos, claro, me dijo el tipo que ahora muy amablemente me ofrecía sacar las fotocopias de mi recibo y mi hoja de cancelación mientras yo garabateaba en las líneas azules.

Con la frustración a cuestas, me alejé con la copia de mi reclamo, dispuesta a encontrar el mostrador de Aeroméxico, asegurarme que tenía una plaza reservada, hacer el trámite de aduana, beber una botella de agua y esperar un par de horas de lectura a que abrieran la puerta de embarque para el vuelo que me llevaría a la patria.

Pero no. No podía ser tan sencillo.

Sencillo fue el trayecto de la terminal 4 a la terminal 1, que parece el Benito Juárez hace dos décadas. Sencillo unirse a una fila que se replegaba seis veces frente al mostrador. Y hasta soportar el cacareo de dos compatriotas de esas que se contaban esas cosas que les parecen tan interesantes, y que avanzaban en la fila pisándome los talones y encajándome en la espalda los bordes de sus maletones. Por cierto que fue por ellas que me enteré.
- ¿Qué número de vuelo es el nuestro?
- El 002.
- Pues entonces está retrasado, sale hasta las siete y cuarto.
- ¿Cómo crees?
- Sí, ahí dice, mira.
En efecto. Ahí estaba, en las pantallitas de los mostradores. Y se acabó lo sencillo porque sí, porque había que permanecer en lo complicado.

Cuando llegué al mostrador, la rubia que atendía me confirmó lo de las cuatro horas de retraso. Luego me dio un pase de abordar, un papelito para cambiarlo por una comida y me dijo que para hacer las dos llamadas a las que tenía derecho debido al retraso, debía ir al mostrador de venta de billetes y ahí me darían una tarjeta telefónica.

Obviamente, en la venta de billetes había una fila. Que creció en desmedida cuando le tocó el turno a un argentino con un perro xoloitzcuintle vestido con una brillante capa rosa purpúrea, que debido al retraso había perdido su vuelo de conexión a Buenos Aires. Al final el del mostrador le solucionó el problema. O alguno de los dos se cansó de discutir. La cosa es que cuando tocó mi turno, pedí con una sonrisa y toda la gentileza posible, la mentada tarjetita. Y me acerqué a un teléfono público para avisar de aquel imprevisto a Italia y sobre todo a México. Pero una grabación del otro lado del aparato me decía que mi crédito era insuficiente, así que volví al mostrador y me salté la cola. Le dije al tipo que aquella cosa no funcionaba y él dijo que entonces lo lamentaba, pero no podía hacer nada por mí. Un señor anciano a mi lado dijo que él también quería hacer las llamadas, que era nuestro derecho porque lo decía el reglamento de derechos del pasajero que sostenía en las manos. El del mostrador se puso tan histérico, que el anciano le dijo que tenía un problema de actitud. Yo ya me estaba cansando de aquella manga de profesionales de la indiferencia y la grosería. Sólo quería llamar a M y avisarle del retraso y luego sentarme y no tener que mostrar ningún papelito, ni pedir ni reclamarle nada a nadie, ni hablar con ningún uniformado.

Eventualmente lo logré. Hice el trámite de aduana en un abrir y cerrar de ojos y eran ya las dos de la tarde cuando me senté a comer en el restaurante indicado. Unas verduras en un caldo gris insípido, una milanesa de cerdo que sabía a aceite rancio y una naranja que se veía como una naranja regular, pero sabía a podrido. ¿Por qué está permitido cometer este tipo de atentados contra la salud del prójimo? ¿Por qué está permitido incluso cobrar por ello?

A las tres de la tarde los monitores ya decían que el vuelo estaba programado para las ocho de la noche. Cinco horas se dicen fácil. Pero hay que ver cómo llenarlas en un aeropuerto minúsculo que se recorre de punta a punta en quince minutos y siendo una de esos que detestan los negocios de recuerditos y de porquerías libres de impuestos.

Pero como todo, pasaron. En el embarque supimos que el retraso se debía a que un día antes había ocurrido un corto circuito en la torre de controles del aeropuerto de la capital mexicana. Y muchas horas después, allá en el aire, nos enteramos que había mal tiempo y tubulencias, que el avión debía desviarse un poco de su ruta usual y que llegaríamos dos horas después de lo previsto luego del retraso.

El avión aterrizó en el Benito Juárez, después de una noche de doce horas, poco antes de las dos de la mañana. Luego de los trámites de aduana y la banda del equipaje, crucé las puertas de llegadas internacionales pasadas las tres a eme del 1 de octubre. Yo me había despertado en mi casa el 30 de septiembre a las 5 de la mañana. Échenle cuentas y agréguenle siete horas de huso horario.

Y si ustedes han tenido un vuelo Madrid-México puntual y placentero, si no han tenido nunca ningún contratiempo con Aeroméxico y mucho menos con Iberia, si jamás le han cancelado nada y en los aeropuertos le sonríen y le ayudan y le dan las gracias; me alegro mucho por ustedes. Pero permítanme decirles que el hecho de que me lo cuenten no cambia ni ayuda nada. Porque este ha sido, por mucho, el peor vuelo de mi vida. Y si ustedes hubieran vivido y sufrido las mismas cicunstancias, casi podría asegurar que lo sería para ustedes también. Casi.


lunes, 3 de octubre de 2011

Crónica de un vía crucis aéreo II

El aeropuerto de Caselle por las mañanas es una verdadera tristeza. Da la impresión de haber sido evacuado por una amenaza de peste hace años y abandonado desde entonces.

Ahí estaba de nuevo. A la misma hora que el día anterior. Luego del check-in, de un croissant, del arco magnético, de la puerta tres, del autobús. De nuevo sobre el cacharro aéreo en el que hay que confiar que se eleve. Esta vez el autobús no abrió las puertas hasta que el capitán no se hubo presentado de cuerpo completo en lo alto de la escalera y mostrado el pulgar apuntando hacia arriba como benevolente emperador romano de película hollywoodense. El cacharro alado es tan minúsculo que las caderas de la aeromoza chocan con los respaldos de los asientos cada que su frondosa figura se pasea por el corredor. Hay muchas caras familiares. Familiares de haberlas visto el día anterior en aquel mismo lugar y luego en los mostradores. No creo que nadie de los que viajábamos hacia el continente americano haya podido alcanzar su destino el día planeado. Pero una verdadera putada, que parece una de esas vulgares bromas de cámara escondida, fue lo que le pasó a una chica que debía ir a Guatemala. El día anterior le habían dado un vuelo para la mañana siguiente. Y cuando llegó al mostrador, unos minutos después de mí, le dijeron que la compañía había cancelado su reservación y que de nuevo no podía viajar hoy, que intentarían conseguirle algo para mañana. La noticia se la daban a las siete a eme. Para arrancarle los dientes y los pelos y los ojos a alguien.

Yo me metí en lo que no me importa y antes de cruzar la frontera del arco magnético, le pasé un reglamento de los derechos del pasajero y le señalé el apartado donde habla de las indemnizaciones. Porque rumiando mi bronca, la tarde anterior se me ocurrió buscar en Internet qué se podía hacer para que me devolvieran mis 35 euros de taxi. Y descubrí que no sólo debían devolverme aquella suma, sino que debían darme una compensación por haberme mandado hasta el día siguiente a mi destino. Me pasé una hora leyendo el reglamento que redactó el Parlamento Europeo en el 2004 para regular retrasos, cancelaciones y etcéteras aéreos. No es poco lo que deben darnos a todos los que no pudimos viajar el día que estipulaba el billete. Al menos 250 euros, aunque en realidad son 600. Está escrito. Es una regla. Pero bien sabe uno que los que cagan grande se cagan sobre todo en las reglas.

En Caselle pedí una hoja donde constara por escrito la razón de la cancelación del vuelo. Y me la negaron. Porque no es responsabilidad del aeropuerto, señora, eso lo debe hacer directamente en Iberia. Y además no hace falta, ellos ya lo saben, se ha hecho tantas veces, se lo juro. Porque después de todo, a ellos ¿qué les importa? Son trabajadores del aeropuerto y es verdad, el aeropuerto no es el responsable. Los de Iberia no ponen mostrador en tal aeropuerto y listo. No es responsabilidad de los que están y los responsables no están. Y hazle como quieras.

Por un golpe de suerte, terminé sentada dos filas detrás de aquella donde empieza la clase business. Desde antes del despegue, ellos ya tenían un vaso de jugo de naranja sobre la mesita. Les dieron desayuno en bandeja, café, les ofrecieron un periódico. Para los demás ni un vaso con agua, que quede bien claro que somos pasajeros de segunda. Hay que ver el estado miserable al que nos hemos reducido solos, clasificándonos como clasificamos a las cosas. Unas mejores por útiles, otras malas por inútiles; unas valiosas por ostentosas, otras despreciables por humildes. Y quizás hasta los derechos sean sólo para aquellos que pueden pagarlos. Quién sabe si no fue justamente para ponerles un precio, que fueron inventados.


jueves, 29 de septiembre de 2011

Crónica de un vía crucis aéreo I

El despertador sonó a las cinco de la mañana. Levantarse de madrugada debe ser una de las cosas que más detesto en el mundo, luego de la leche y el pescado en filete. Pero esta vez valía la pena, porque me iba a tomar un avión para ir de visita a la patria.

M me llevó con el coche hasta el aeropuerto. Me llevó la maleta y me pidió que no me enojara cuando la señora del traje azul marino en el check-in me preguntó si estaba entendiendo. Me fastidia cuando me preguntan si entiendo, si estoy entendiendo, si he entendido. Me hacen sentir idiota. O peor: que ellos me consideran idiota. Pero eso pasó rápido. Luego de unos cuantos arrumacos, M se fue a trabajar y yo a la sala de embarque.

Primero la puerta tres, luego el autobús y después nos acomodaron en un armatoste alado con las dimensiones de un camión de carga. Catorce filas, cuatro asientos por fila. Un calor bochornoso dentro. Cuando ya algunos empezábamos a preguntarnos como haría aquel cacharro para alzarse en el aire, empezaron los ruidos raros. Un sonido sordo y metálico que ora se encendía, ora se apagaba. Así por veinte minutos. Oficialmente, estábamos ya en retardo. Hasta que luego de otra tanda de ruidos, se escuchó la voz del capitán que decía que había una avería en el avión, nada grave, pero que nos bajaban a todos para intentar repararla.

De nuevo el autobús, luego las escaleras, después la puerta siete. Y una escala para comer al menos un croissant porque eran ya las ocho y media y yo tenía sólo un yogurt en la panza.

Cuando volví a la puerta siete, habían anunciado que el vuelo había sido cancelado. Que tomen estos papelitos, que ahora vamos por sus maletas y luego vamos a ver si les encontramos lugar en otro vuelo. El trámite desde ahí hasta el mostrador donde nos encontrarían otro vuelo llevó cosa de media hora. Encontrar vuelos ya fue una empresa titánica. Dos cuerpos delante del mío estaba un tipo que debía ir a Dallas. La señorita del uniforme azul marino se tardó una hora en lograr encontrarle una manera de llegar a su destino. Mientras tanto abrieron otro mostrador y como sucede siempre, se formó en seguida una desordenada fila donde los primeros lugares estaban ocupados por aquellos que estaban hasta el final de la fila original.

Bueno. Lo importante es que logren ponernos a todos en aviones que no estén rotos y hoy, si es posible, como decía la señora uniformada y de anteojos que se paseaba entre todos los cuerpos enfadados y nos explicaba que el papelito que nos había dado era para pedir un desayuno gratis en el restaurante de allá arriba, una vez que nos hubieran arreglado nuestro problema.

Eran ya las diez pasadas cuando logré llegar hasta la del uniforme en el mostrador. Recibió mi código de reservación y metió la cabeza en su computadora. ¿Tiene visa para ir a Estados Unidos? No, no tengo. Esta cosa de las visas para poder pisar un aeropuerto se revela cada día más imbécil. Luego de un rato y sin levantar la vista del monitor, me dijo que lo lamento señora, pero no hay vuelos disponibles hoy. Lo único que le puedo ofrecer es un vuelo mañana a la misma hora. No había mucho que discutir, porque cómo lograba yo que me pusieran en un avión hoy, como teníamos previsto yo y mi familia allá en México. Dije que de acuerdo, que lo tomaba, pero quedaba un pequeño pendiente. Por razones que no estoy acá para detallar, no podía cargar los 20 kilos de la maleta, subirlos a un autobús y volver a Turín como si nada. Sobre todo, no podía actuar como si nada considerando que yo a esa hora debía estar en Barajas, no en Caselle y la responsabilidad de mi actual situación geográfica no era mía, sino de Iberia. Así que yo me vuelvo a mi casa, le dije a la uniformada, y ustedes me pagan el taxi que me lleve hasta allá.
– Uy señora, pero lamentablemente no es responsabilidad del aeropuerto, sino de Iberia, y visto que Iberia no está representado en este aeropuerto, yo no puedo hacer nada. Lo que le recomiendo es que tome el taxi, que pida un recibo y que mañana en Madrid vaya a un mostrador y se informe del procedimiento a seguir.
¿Del procedimiento?
– Y sí, lo que le recomiendo es que vea si allí le pueden rembolsar el costo del taxi. Por lo que tengo entendido, no es una cosa inmediata. Por eso le digo que vaya directamente con ellos y se informe de cuántos días tarda un reembolso y, a punto, saber cuál es el procedimiento. Yo le digo que en su lugar, haría lo mismo, pero lamentablemente yo no la puedo ayudar. El siguiente, por favor.
De nuevo estaba frente a esa familiar puerta, donde las opciones se reducen a dos: pasar por ahí y llegar a donde ya sabes que no quieres; o quedarte parado donde estás, que tampoco quieres. Ninguna posibilidad de replantear, de discutir, de encontrar una tercera vía. Ni siquiera un atorrante con pañuelito rojo y amarillo a quien poder gritarle y mentarle la madre un par de veces. Nadie que se haga cargo, que diga es cierto, tiene razón al estar enojada porque esto de que se haya roto el avión con ustedes ahí arriba, hay que ver. Ni siquiera una disculpa. Que sí, una disculpa muchas veces sirve para puta sea la cosa; pero ni siquiera eso, porque “el aeropuerto no es responsable ¿entiende, señora?”

Así que al taxi, entonces. Y a la angustia de un taxímetro que fuera de Turín aumenta diez centavos cada cuatro segundos y dentro de Turín cada quince. Treinta y cinco euros hasta la puerta de casa. Y otro intento. Una llamada a las oficinas de Iberia en Italia, donde además de grabarte las puteadas que lanzas, te cobran dieciséis centavos el minuto. Me atendió una voz femenina y le conté lo mío.
– Lo que debe hacer, doña Thania, es poner su queja por escrito en iberia punto com.
Que no es queja, le dije. Lo que yo quiero saber es qué debo hacer para que me reembolsen el dinero que gasté por culpa de su avión que se rompió y su jodido vuelo cancelado.
– Ya, doña Thania. Lo que debe hacer es poner su queja en iberia punto com.
– ¿No hay otra forma? ¿No puedo hablar con nadie? ¿Con alguien vivo?
– Una vez que haya puesto su queja, doña Thania, se evalúa y se le informa si es posible el reembolso que solicita.
– ¿O sea que ni siquiera me queda la opción de acercarme a un mostrador mañana en Barajas?
– Si desea puede hacerlo, doña Thania. Puede poner su queja en iberia punto com y mañana ir a un mostrador para ver si alguien puede ayudarla.
Le dije que no le daba las gracias porque además de la incómoda sensación de recibir tratamiento de doña, hablar con ella me había servido para puta sea la cosa. Cierto, no era culpa de la señorita. Nunca es culpa de la señorita del teléfono, ni de la señorita de la puerta, ni de la del mostrador, ni del señor del traje, ni del otro del sombrero, mucho menos del de las solapas grandes. No. Nunca es culpa de nadie y uno debe tratar bien a todos porque son seres humanos que sólo hacen su trabajo.

Pues hoy no se me da la gana. Y me uno al señor que con los cachetes rojos de ira lanzó un: Devono morire tutti, questi di Iberia! Así al menos, podríamos estar seguros que el responsable, de existir, finalmente sería ajusticiado.


sábado, 24 de septiembre de 2011

Intento de micro ficción a las dos cuarenta pe eme

Hay un enigma que atormenta las mentes de los varones de nuestra especie. En cada esquina, en cada semáforo en rojo, en los cafés, caminando por las calles, en los elevadores, en las paradas de autobuses, en los vagones de tren, en los del metro, por doquier; se les puede ver concentrados, preocupados, absortos. Buscando afanosamente, con ansia, con desesperación. La respuesta yace en lo más profundo de sus fosas nasales. Su descubrimiento los tiene obsesionados. Y su revelación los redimirá.


jueves, 22 de septiembre de 2011

Diálogo de gastronomia

En Italia, una gastronomia es un negocio donde venden especialidades gastronómicas. No, no es como una fonda. La comida está en vitrinas y cuesta como si la hubiera cocinado Julia Child hace treinta años y la hubiera dejado guardada en una cápsula del tiempo.

A veces, cuando M no viene a almorzar y el sólo hecho de pensar en encender la estufa me parece una condena inquisitoria, voy a una gastronomia a comprar algo ya cocinado. Como hoy.

– Buenos días.
– Buenos días. Quisiera doscientos gramos de esos ravioles rellenos de calabacín, rúcula y ricotta.
– ¿Algo más?
– No, sólo eso. Gracias.
– Mire que aquí hay poco, poco ¿eh?
– Sí, está bien.
– Se lo digo por si no lo sabe, porque doscientos gramos es de verdad poco.
– Sí, gracias.
– ¿Está segura que no quiere que le ponga más?
– No, gracias.
– Esto es apenas suficiente para una persona ¿eh?
– Sí, lo sé. Es sólo para una persona. Para mí.
– ¡Ah! bueno, si es sólo para usted, entonces está bien. Yo pensé que era para un almuerzo.
– Es para un almuerzo. Para el mío.
– Sí, ya le entendí. Pero pensé que era para un almuerzo... usted me entiende.

El no cocinar a veces te regala momentos así. Porque no hay nada como sentirse fuera de lugar en una gastronomia, mientras uno está comprando comida preparada.


domingo, 18 de septiembre de 2011

A vel, a vel...

No entiendo qué fue lo que convenció a la gente en algún momento de que hablarle a los niños pequeños (sobre todo a los bebés) con un tono idiota, es una especie de táctica pedagógica.

Este verano (o lo que es lo mismo: este agosto) lo pasamos en el lago. La casa estaba en una colina, a unos cuantos metros por encima de una casa con jardín, asador, alberca, Mercedes Benz y perro lanudo y blanco impoluto. Estaban los dueños sesentones, la hija, el marido de la hija, y la bebé de estos dos últimos, que habrá tenido no más de ocho meses. Y cada cosa que tanto padres como abuelos le referían al miembro más pequeño de la familia, lo hacían con la voz impostada como un impedido mental. Que yo no sé si sea una cosa accidental o de verdad nuestra raza se está yendo al carajo. Lo que sé es que llega un momento en que sientes repudio por los emisores y compasión por la pobre e indefensa receptora.

Cierto que la bebé recién empieza a entender y que aún no sabe qué significan esas palabras y no cuenta aún con el juicio suficiente como para darse cuenta que se las dicen con voz de estúpido. Pero ¿y después?

Me da por imaginar que si la nena crece escuchándolos hablar como subnormales, puede convencerse que esa es la manera natural de hablar. Puede ser que imitando a la gente con la que convive todo el día, los primeros sonidos que emita sean balbuceos idiotas. Quizás sea incluso por eso que muchos niños a los tres años aún no son capaces de pronunciar bien las palabras. Y uno los ve y piensa ¿cómo puede ser que diga pelo y no perro? Pues quizás sea gracias a este tipo de adultos, que son incapaces de hablarle a un niño como si de una persona se tratara.

E imagino más. ¿Y qué tal si aprenden a relacionar las cosas, a explicarse el mundo, con aquellas medias palabras idiotas? Esos niños podrían aprender a amar y a buscar luego esa manera idiota de ¿expresarse? Porque no puede ser lo mismo decirle a un niño ¿quieres bañarte en la alberca? Que decirle: a vel, a vel, ¿quem quele hace’ un bañotitititino en la albelcooota? A vel ¿quem, quem? ¿éte bebé? ¿éte?

Bueno. Yo de pedagogía no sé nada. Imagino nada más. Y espero sólo que como hija de una familia pudiente, aquella bebé logre tener acceso a una amorosa nana rumana, rusa o ucraniana. Y aprenda así la hermosa costumbre de pronunciar bien las palabras italianas.

viernes, 16 de septiembre de 2011

El punto y la coma

Objeto de equivocación. Probable causa de confusiones y entripados: en Italia, el punto y la coma que acompañan a los números, no funcionan igual que en México. Funcionan exactamente al revés.

Así, la coma que en México separa las cifras de tres en tres dígitos para volverlas miles, millones, miles de millones, billones, etcétera; en Italia se vuelve un punto. Uno tiene entonces que tres mil quinientos once no se escribe 3,511, sino 3.511

El punto, que en México separa la parte entera de la parte decimal, en Italia se convierte en coma. Así, uno y la mitad de uno no son 1.5, sino 1,5.

No es que uno sea correcto y el otro no. Todos estos usos son correctos. Y sé que parece muy obvio, sí. Nada más le cambia usted la coma por el punto y viceversa, hasta que se acostumbre. Pero los que no somos tan despiertos, podemos tardar un tiempo considerable en acostumbrarnos a tal cosa.

Luego ya le viene a uno casi por inercia, cierto. Bien nos instruyeron en la primaria sobre el hecho de que repitiendo ad nauseam es como mejor se aprende. Pero aprender una cosa nueva no quiere decir cancelar aquella que uno aprendió desde la infancia. Así que, por favor, acuérdese que estoy hablando del punto y la coma que acompaña a los números. No de los signos de puntuación con usos lingüísticos. Si es que usted es de los que todavía los usan, claro. O mejor, si es de los que conserva la costumbre de escribir párrafos y no líneas sueltas.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Con el vaso colmado

Hace cosa de dos años, días más, días menos; que en la redes sociales vengo leyendo opiniones sobre el estado en que están las cosas en México. O más bien, sobre lo que hay que hacer para mejorar el estado en que están las cosas, que es un estado pésimo, en eso coinciden todos. Y me decidí a escribir esto porque ya estoy podrida de leer quejas vacías. De sintaxis, de ingenio, pero sobre todo, de contenido.

Que debemos cambiar, que hay que despertar, que no podemos quedarnos con los brazos cruzados, que ha llegado la hora, que sí se puede, que la culpa de lo que está pasando en el país es nuestra, que hay que hacer algo ¡ya!, que si ¿tú vas a hacer algo o te vas a quedar viendo desde tu casa? Incluso a algún creativo se le ocurrió hacer el videíto ese que tiene cientos de visitas en youtube y que dice que si queremos encontrar al responsable de todo lo malo que está pasando en nuestro país, nomás tenemos que buscar en el espejo.

Esos por un lado. Por otro, los hay que se quejan de los que convocan o participan en las marchas, de los que escriben panfletos o artículos, de los que denuncian públicamente, de Sicilia, de PIT II. Que las marchas sirven sólo para causar embotellamientos, que las denuncias públicas en los medios de comunicación sirven nomás para aumentar el miedo o la espectacularidad de la vida cotidiana, que las huelgas son nada más un pretexto de los huevones para seguir echándola, que a Sicilia lo sigue la manada nomás porque es famoso.

Y lo mejor. Están los sociólogos que publican sus análisis a manera de aforismos (de 140 caracteres, por supuesto) del tipo: se quejan del gobierno, pero no respetan los semáforos (¿?). O: en México todos quieren coche y luego se quejan del embotellamiento (¿?¿?). O: no les gusta la violencia pero qué tal van a gritar este 15 que viva México (¿?¿?¿?).

De acuerdo, a nadie le gusta cómo van las cosas en México. Y un grupo de tantos cree que somos los ciudadanos de a pie y no el gobierno, los responsables, los que deben solucionar el clima nefasto que amenaza con asfixiar hasta el último rincón del país. Tenemos que hacer algo. Muy bien. Pero ¿hacer qué? Tenemos que cambiar. De acuerdo ¿cambiar qué? ¿cómo lo cambiamos? ¿siguiendo qué acciones?

Porque en estos años, en las redes sociales no he leído una sola propuesta, una sola idea concreta. Hacer algo, cambiar, actuar ¡ya!, abrir los ojos, ser responsables. Todas palabras vagas, meras abstracciones. Quejas que se lanzan como una sana mentada cuando uno se golpea el pulgar con un martillo. Sirve para desahogarse, cierto, pero carece de fondo, de utilidad.

Es verdad que estamos acostumbrados a engullirnos sin paladear abstracciones ridículas. Desde los discursos políticos hasta los anuncios publicitarios (si es que no son la misma cosa). Ideas tan absurdas como que dentro de una bolsa de papas fritas hay millones de sonrisas o que cuando te subes a tal coche, la ciudad se convierte en una selva. Pero que seamos bombardeados incesantemente por tales memeces no justifica que nuestra vida, nuestro país o nuestro planeta deban ser vistos a través del mismo cristal.

Una acción, una acción chiquitita que poniéndola en práctica todos al mismo tiempo logre que la violencia y el desorden y el miedo disminuyan. Una nada más. Nómbrenla. Porque yo no tengo idea de qué cosa podamos hacer los ciudadanos comunes y corrientes para solucionar las balaceras, las muertes, los entierros. Y a estas alturas estoy ávida (y no creo ser la única) de escuchar una propuesta, un plan de acción que no venga de institución alguna. Juro que me uniría y apoyaría y exaltaría. Pero ya basta de tan insana repetición de frases “positivas” que no son más que eslógans de los mismos medios y los mismos partidos de los que se quejan. Por favor.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Volviendo del descanso estivo…

Terminé de leer este libro de Cristina Pacheco, un compendio de entrevistas que hizo a pintores y a un par de fotógrafos mexicanos en las décadas de los 70 y 80.* Es triste darse cuenta que nuestros grandes artistas plásticos de entonces no eran grandes pensadores. Digo “eran” porque a excepción de unos pocos, ya todos están muertos. Da tristeza ver cómo no cuentan ninguna idea de verdad interesante. Cómo no plantean ninguna visión del arte o de la vida que revele, que enseñe, que sea novedosa.

A excepción de Juan Soriano, eso sí. Entre las más de 600 páginas que juntó la Pacheco en esos años, se esconde la joya que son las respuestas de Soriano. El único pintor que no parece un payaso autocomplacido, sino un pensador. Alguien que ve al arte en la justa medida. Que no se proclama un dios (Felguérez, Cuevas, Aceves Navarro, Botero) y tampoco hace uso de la falsa modestia (Corzas, Goeritz, Héctor Cruz, Mario Rangel). Dos posturas aborrecibles, supongo que por ser hijas del mismo padre: un ego aberrante.

Es bueno leer frases inteligentes. ¿Qué tipo de lecturas estoy haciendo en los últimos tiempos que ya no me topo con frases inteligentes? ¿Antes sobreestimaba lo que leía? ¿Seleccionaba mejor mis lecturas?

Aunque las respuestas de los pintores en este libro son repetitivas y a veces casi decepcionantes, debo confesar que gran parte de la responsabilidad es de la entrevistadora. No logras leer más de veinte páginas de un tirón. Te empalagas con su perpetuo lameculismo. Con su abundancia, su proliferación, su abuso de adjetivos aduladores como: estupendo, maravilloso, delicioso, magnífico, hermoso. Adjetivos que dejan las páginas pegajosas de prosa melcochada e indigesta. Perpetuamente maravillada, entrevista la Pacheco. Y perpetuamente dispara halagos, cumplidos, zalamerías.

¿Cómo no nos hemos dado cuenta de lo ñoña que es? ¿Cómo es que nadie me lo había dicho nunca? Y digo esto y no ¿cómo no me di cuenta antes?, porque nunca fui asidua de sus programas en el Once. Cuando llegaba a toparme con alguno, veían un trozo y pensaba que a esa persona en particular, la Pacheco debía admirarla mucho. Pero no. Habría que creerle que siente una devota y sincera admiración por todos sus entrevistados. Y aún si se lo creyéramos, lo que produce, más que periodismo sensible, es simple y pura ñoñería.

En fin.
Ahí va una probadita (bueno, dos) de las ideas de Soriano en esa entrevista:

“Cuando algo –escrito o pintado– me golpea demasiado rápidamente, si me estremece de inmediato, entonces desconfío. Todo lo que te saca de quicio, lo que te pone en estado febril, es falso, es truculento. Y es que por medio de ciertos recursos, los artistas nos dan golpes bajos. Es como la sensualidad desatada, que no tiene nada que ver con el amor, ni siquiera con hacer bien el amor.

“La moral nace como una necesidad profunda del hombre. Este no puede ser feliz si no hace acciones que vayan encaminadas al bien, porque entonces destruye la vida. Si destruyes algo bello para hacer algo horrible, estás en el terreno de la inmoralidad”.
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* Por si a alguien le interesa: “La luz de México”, 1995, Fondo de Cultura Económica, 663 pp., México, D.F.