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miércoles, 5 de octubre de 2011

Crónica de un vía crucis aéreo III

El cacharrito alado aterrizó en Barajas pasadas las diez de la mañana. El día anterior me habían dado un vuelo con Aeroméxico que partía a las tres y cuarto, así que tenía tiempo para reclamar lo que venía rumiando.

Busqué el mostrador de Iberia. Apenas dije a lo que iba, la señorita del uniforme me dejó claro que ahí no se entendían de reembolsos ni de indemnizaciones. Que para la indemnización debía rellenar un formulario en iberia punto com; y para el reembolso, ir a buscar la oficina de venta de billetes que quedaba bajando un piso, saliendo, tomando un ascensor y subiendo dos pisos.

Luego de preguntar tres veces por la mentada oficina, me formé en la correspondiente fila. El tipo que me atendió no fue nada simpático al inicio, como la mayoría en aquel aeropuerto. Cuando le conté lo mío, cambió de tono pero dijo que desgraciadamente no podía ayudarme. Ni siquiera con lo del taxi, porque ellos sólo pueden reembolsar inmediatamente los gastos por transportes que partan del aeropuerto de Madrid. Que lo que puede hacer señora, es rellenar un formulario y dejármelo aquí, que yo se lo haré llegar a los competentes. Que en un par de semanas, con toda seguridad, se comunicarían conmigo para hacerme saber si mi caso era considerado o no.

Nada. No había espacio para hablar con nadie. O Internet o papelito. Lo han planeado muy bien. Cada vez menos caras humanas que asuman responsabilidades. Convertir toda empresa en un Fuenteovejuna donde todos y nadie. ¿Qué se puede hacer frente a algo así? Pues rellenar el jodido papelito. Reclamando el reembolso del taxi y el monto de la indemnización por cancelación estipulado por el reglamento del parlamento europeo, porque ya que estaba ahí podía incluir los dos, claro, me dijo el tipo que ahora muy amablemente me ofrecía sacar las fotocopias de mi recibo y mi hoja de cancelación mientras yo garabateaba en las líneas azules.

Con la frustración a cuestas, me alejé con la copia de mi reclamo, dispuesta a encontrar el mostrador de Aeroméxico, asegurarme que tenía una plaza reservada, hacer el trámite de aduana, beber una botella de agua y esperar un par de horas de lectura a que abrieran la puerta de embarque para el vuelo que me llevaría a la patria.

Pero no. No podía ser tan sencillo.

Sencillo fue el trayecto de la terminal 4 a la terminal 1, que parece el Benito Juárez hace dos décadas. Sencillo unirse a una fila que se replegaba seis veces frente al mostrador. Y hasta soportar el cacareo de dos compatriotas de esas que se contaban esas cosas que les parecen tan interesantes, y que avanzaban en la fila pisándome los talones y encajándome en la espalda los bordes de sus maletones. Por cierto que fue por ellas que me enteré.
- ¿Qué número de vuelo es el nuestro?
- El 002.
- Pues entonces está retrasado, sale hasta las siete y cuarto.
- ¿Cómo crees?
- Sí, ahí dice, mira.
En efecto. Ahí estaba, en las pantallitas de los mostradores. Y se acabó lo sencillo porque sí, porque había que permanecer en lo complicado.

Cuando llegué al mostrador, la rubia que atendía me confirmó lo de las cuatro horas de retraso. Luego me dio un pase de abordar, un papelito para cambiarlo por una comida y me dijo que para hacer las dos llamadas a las que tenía derecho debido al retraso, debía ir al mostrador de venta de billetes y ahí me darían una tarjeta telefónica.

Obviamente, en la venta de billetes había una fila. Que creció en desmedida cuando le tocó el turno a un argentino con un perro xoloitzcuintle vestido con una brillante capa rosa purpúrea, que debido al retraso había perdido su vuelo de conexión a Buenos Aires. Al final el del mostrador le solucionó el problema. O alguno de los dos se cansó de discutir. La cosa es que cuando tocó mi turno, pedí con una sonrisa y toda la gentileza posible, la mentada tarjetita. Y me acerqué a un teléfono público para avisar de aquel imprevisto a Italia y sobre todo a México. Pero una grabación del otro lado del aparato me decía que mi crédito era insuficiente, así que volví al mostrador y me salté la cola. Le dije al tipo que aquella cosa no funcionaba y él dijo que entonces lo lamentaba, pero no podía hacer nada por mí. Un señor anciano a mi lado dijo que él también quería hacer las llamadas, que era nuestro derecho porque lo decía el reglamento de derechos del pasajero que sostenía en las manos. El del mostrador se puso tan histérico, que el anciano le dijo que tenía un problema de actitud. Yo ya me estaba cansando de aquella manga de profesionales de la indiferencia y la grosería. Sólo quería llamar a M y avisarle del retraso y luego sentarme y no tener que mostrar ningún papelito, ni pedir ni reclamarle nada a nadie, ni hablar con ningún uniformado.

Eventualmente lo logré. Hice el trámite de aduana en un abrir y cerrar de ojos y eran ya las dos de la tarde cuando me senté a comer en el restaurante indicado. Unas verduras en un caldo gris insípido, una milanesa de cerdo que sabía a aceite rancio y una naranja que se veía como una naranja regular, pero sabía a podrido. ¿Por qué está permitido cometer este tipo de atentados contra la salud del prójimo? ¿Por qué está permitido incluso cobrar por ello?

A las tres de la tarde los monitores ya decían que el vuelo estaba programado para las ocho de la noche. Cinco horas se dicen fácil. Pero hay que ver cómo llenarlas en un aeropuerto minúsculo que se recorre de punta a punta en quince minutos y siendo una de esos que detestan los negocios de recuerditos y de porquerías libres de impuestos.

Pero como todo, pasaron. En el embarque supimos que el retraso se debía a que un día antes había ocurrido un corto circuito en la torre de controles del aeropuerto de la capital mexicana. Y muchas horas después, allá en el aire, nos enteramos que había mal tiempo y tubulencias, que el avión debía desviarse un poco de su ruta usual y que llegaríamos dos horas después de lo previsto luego del retraso.

El avión aterrizó en el Benito Juárez, después de una noche de doce horas, poco antes de las dos de la mañana. Luego de los trámites de aduana y la banda del equipaje, crucé las puertas de llegadas internacionales pasadas las tres a eme del 1 de octubre. Yo me había despertado en mi casa el 30 de septiembre a las 5 de la mañana. Échenle cuentas y agréguenle siete horas de huso horario.

Y si ustedes han tenido un vuelo Madrid-México puntual y placentero, si no han tenido nunca ningún contratiempo con Aeroméxico y mucho menos con Iberia, si jamás le han cancelado nada y en los aeropuertos le sonríen y le ayudan y le dan las gracias; me alegro mucho por ustedes. Pero permítanme decirles que el hecho de que me lo cuenten no cambia ni ayuda nada. Porque este ha sido, por mucho, el peor vuelo de mi vida. Y si ustedes hubieran vivido y sufrido las mismas cicunstancias, casi podría asegurar que lo sería para ustedes también. Casi.


lunes, 3 de octubre de 2011

Crónica de un vía crucis aéreo II

El aeropuerto de Caselle por las mañanas es una verdadera tristeza. Da la impresión de haber sido evacuado por una amenaza de peste hace años y abandonado desde entonces.

Ahí estaba de nuevo. A la misma hora que el día anterior. Luego del check-in, de un croissant, del arco magnético, de la puerta tres, del autobús. De nuevo sobre el cacharro aéreo en el que hay que confiar que se eleve. Esta vez el autobús no abrió las puertas hasta que el capitán no se hubo presentado de cuerpo completo en lo alto de la escalera y mostrado el pulgar apuntando hacia arriba como benevolente emperador romano de película hollywoodense. El cacharro alado es tan minúsculo que las caderas de la aeromoza chocan con los respaldos de los asientos cada que su frondosa figura se pasea por el corredor. Hay muchas caras familiares. Familiares de haberlas visto el día anterior en aquel mismo lugar y luego en los mostradores. No creo que nadie de los que viajábamos hacia el continente americano haya podido alcanzar su destino el día planeado. Pero una verdadera putada, que parece una de esas vulgares bromas de cámara escondida, fue lo que le pasó a una chica que debía ir a Guatemala. El día anterior le habían dado un vuelo para la mañana siguiente. Y cuando llegó al mostrador, unos minutos después de mí, le dijeron que la compañía había cancelado su reservación y que de nuevo no podía viajar hoy, que intentarían conseguirle algo para mañana. La noticia se la daban a las siete a eme. Para arrancarle los dientes y los pelos y los ojos a alguien.

Yo me metí en lo que no me importa y antes de cruzar la frontera del arco magnético, le pasé un reglamento de los derechos del pasajero y le señalé el apartado donde habla de las indemnizaciones. Porque rumiando mi bronca, la tarde anterior se me ocurrió buscar en Internet qué se podía hacer para que me devolvieran mis 35 euros de taxi. Y descubrí que no sólo debían devolverme aquella suma, sino que debían darme una compensación por haberme mandado hasta el día siguiente a mi destino. Me pasé una hora leyendo el reglamento que redactó el Parlamento Europeo en el 2004 para regular retrasos, cancelaciones y etcéteras aéreos. No es poco lo que deben darnos a todos los que no pudimos viajar el día que estipulaba el billete. Al menos 250 euros, aunque en realidad son 600. Está escrito. Es una regla. Pero bien sabe uno que los que cagan grande se cagan sobre todo en las reglas.

En Caselle pedí una hoja donde constara por escrito la razón de la cancelación del vuelo. Y me la negaron. Porque no es responsabilidad del aeropuerto, señora, eso lo debe hacer directamente en Iberia. Y además no hace falta, ellos ya lo saben, se ha hecho tantas veces, se lo juro. Porque después de todo, a ellos ¿qué les importa? Son trabajadores del aeropuerto y es verdad, el aeropuerto no es el responsable. Los de Iberia no ponen mostrador en tal aeropuerto y listo. No es responsabilidad de los que están y los responsables no están. Y hazle como quieras.

Por un golpe de suerte, terminé sentada dos filas detrás de aquella donde empieza la clase business. Desde antes del despegue, ellos ya tenían un vaso de jugo de naranja sobre la mesita. Les dieron desayuno en bandeja, café, les ofrecieron un periódico. Para los demás ni un vaso con agua, que quede bien claro que somos pasajeros de segunda. Hay que ver el estado miserable al que nos hemos reducido solos, clasificándonos como clasificamos a las cosas. Unas mejores por útiles, otras malas por inútiles; unas valiosas por ostentosas, otras despreciables por humildes. Y quizás hasta los derechos sean sólo para aquellos que pueden pagarlos. Quién sabe si no fue justamente para ponerles un precio, que fueron inventados.


jueves, 29 de septiembre de 2011

Crónica de un vía crucis aéreo I

El despertador sonó a las cinco de la mañana. Levantarse de madrugada debe ser una de las cosas que más detesto en el mundo, luego de la leche y el pescado en filete. Pero esta vez valía la pena, porque me iba a tomar un avión para ir de visita a la patria.

M me llevó con el coche hasta el aeropuerto. Me llevó la maleta y me pidió que no me enojara cuando la señora del traje azul marino en el check-in me preguntó si estaba entendiendo. Me fastidia cuando me preguntan si entiendo, si estoy entendiendo, si he entendido. Me hacen sentir idiota. O peor: que ellos me consideran idiota. Pero eso pasó rápido. Luego de unos cuantos arrumacos, M se fue a trabajar y yo a la sala de embarque.

Primero la puerta tres, luego el autobús y después nos acomodaron en un armatoste alado con las dimensiones de un camión de carga. Catorce filas, cuatro asientos por fila. Un calor bochornoso dentro. Cuando ya algunos empezábamos a preguntarnos como haría aquel cacharro para alzarse en el aire, empezaron los ruidos raros. Un sonido sordo y metálico que ora se encendía, ora se apagaba. Así por veinte minutos. Oficialmente, estábamos ya en retardo. Hasta que luego de otra tanda de ruidos, se escuchó la voz del capitán que decía que había una avería en el avión, nada grave, pero que nos bajaban a todos para intentar repararla.

De nuevo el autobús, luego las escaleras, después la puerta siete. Y una escala para comer al menos un croissant porque eran ya las ocho y media y yo tenía sólo un yogurt en la panza.

Cuando volví a la puerta siete, habían anunciado que el vuelo había sido cancelado. Que tomen estos papelitos, que ahora vamos por sus maletas y luego vamos a ver si les encontramos lugar en otro vuelo. El trámite desde ahí hasta el mostrador donde nos encontrarían otro vuelo llevó cosa de media hora. Encontrar vuelos ya fue una empresa titánica. Dos cuerpos delante del mío estaba un tipo que debía ir a Dallas. La señorita del uniforme azul marino se tardó una hora en lograr encontrarle una manera de llegar a su destino. Mientras tanto abrieron otro mostrador y como sucede siempre, se formó en seguida una desordenada fila donde los primeros lugares estaban ocupados por aquellos que estaban hasta el final de la fila original.

Bueno. Lo importante es que logren ponernos a todos en aviones que no estén rotos y hoy, si es posible, como decía la señora uniformada y de anteojos que se paseaba entre todos los cuerpos enfadados y nos explicaba que el papelito que nos había dado era para pedir un desayuno gratis en el restaurante de allá arriba, una vez que nos hubieran arreglado nuestro problema.

Eran ya las diez pasadas cuando logré llegar hasta la del uniforme en el mostrador. Recibió mi código de reservación y metió la cabeza en su computadora. ¿Tiene visa para ir a Estados Unidos? No, no tengo. Esta cosa de las visas para poder pisar un aeropuerto se revela cada día más imbécil. Luego de un rato y sin levantar la vista del monitor, me dijo que lo lamento señora, pero no hay vuelos disponibles hoy. Lo único que le puedo ofrecer es un vuelo mañana a la misma hora. No había mucho que discutir, porque cómo lograba yo que me pusieran en un avión hoy, como teníamos previsto yo y mi familia allá en México. Dije que de acuerdo, que lo tomaba, pero quedaba un pequeño pendiente. Por razones que no estoy acá para detallar, no podía cargar los 20 kilos de la maleta, subirlos a un autobús y volver a Turín como si nada. Sobre todo, no podía actuar como si nada considerando que yo a esa hora debía estar en Barajas, no en Caselle y la responsabilidad de mi actual situación geográfica no era mía, sino de Iberia. Así que yo me vuelvo a mi casa, le dije a la uniformada, y ustedes me pagan el taxi que me lleve hasta allá.
– Uy señora, pero lamentablemente no es responsabilidad del aeropuerto, sino de Iberia, y visto que Iberia no está representado en este aeropuerto, yo no puedo hacer nada. Lo que le recomiendo es que tome el taxi, que pida un recibo y que mañana en Madrid vaya a un mostrador y se informe del procedimiento a seguir.
¿Del procedimiento?
– Y sí, lo que le recomiendo es que vea si allí le pueden rembolsar el costo del taxi. Por lo que tengo entendido, no es una cosa inmediata. Por eso le digo que vaya directamente con ellos y se informe de cuántos días tarda un reembolso y, a punto, saber cuál es el procedimiento. Yo le digo que en su lugar, haría lo mismo, pero lamentablemente yo no la puedo ayudar. El siguiente, por favor.
De nuevo estaba frente a esa familiar puerta, donde las opciones se reducen a dos: pasar por ahí y llegar a donde ya sabes que no quieres; o quedarte parado donde estás, que tampoco quieres. Ninguna posibilidad de replantear, de discutir, de encontrar una tercera vía. Ni siquiera un atorrante con pañuelito rojo y amarillo a quien poder gritarle y mentarle la madre un par de veces. Nadie que se haga cargo, que diga es cierto, tiene razón al estar enojada porque esto de que se haya roto el avión con ustedes ahí arriba, hay que ver. Ni siquiera una disculpa. Que sí, una disculpa muchas veces sirve para puta sea la cosa; pero ni siquiera eso, porque “el aeropuerto no es responsable ¿entiende, señora?”

Así que al taxi, entonces. Y a la angustia de un taxímetro que fuera de Turín aumenta diez centavos cada cuatro segundos y dentro de Turín cada quince. Treinta y cinco euros hasta la puerta de casa. Y otro intento. Una llamada a las oficinas de Iberia en Italia, donde además de grabarte las puteadas que lanzas, te cobran dieciséis centavos el minuto. Me atendió una voz femenina y le conté lo mío.
– Lo que debe hacer, doña Thania, es poner su queja por escrito en iberia punto com.
Que no es queja, le dije. Lo que yo quiero saber es qué debo hacer para que me reembolsen el dinero que gasté por culpa de su avión que se rompió y su jodido vuelo cancelado.
– Ya, doña Thania. Lo que debe hacer es poner su queja en iberia punto com.
– ¿No hay otra forma? ¿No puedo hablar con nadie? ¿Con alguien vivo?
– Una vez que haya puesto su queja, doña Thania, se evalúa y se le informa si es posible el reembolso que solicita.
– ¿O sea que ni siquiera me queda la opción de acercarme a un mostrador mañana en Barajas?
– Si desea puede hacerlo, doña Thania. Puede poner su queja en iberia punto com y mañana ir a un mostrador para ver si alguien puede ayudarla.
Le dije que no le daba las gracias porque además de la incómoda sensación de recibir tratamiento de doña, hablar con ella me había servido para puta sea la cosa. Cierto, no era culpa de la señorita. Nunca es culpa de la señorita del teléfono, ni de la señorita de la puerta, ni de la del mostrador, ni del señor del traje, ni del otro del sombrero, mucho menos del de las solapas grandes. No. Nunca es culpa de nadie y uno debe tratar bien a todos porque son seres humanos que sólo hacen su trabajo.

Pues hoy no se me da la gana. Y me uno al señor que con los cachetes rojos de ira lanzó un: Devono morire tutti, questi di Iberia! Así al menos, podríamos estar seguros que el responsable, de existir, finalmente sería ajusticiado.


domingo, 18 de septiembre de 2011

A vel, a vel...

No entiendo qué fue lo que convenció a la gente en algún momento de que hablarle a los niños pequeños (sobre todo a los bebés) con un tono idiota, es una especie de táctica pedagógica.

Este verano (o lo que es lo mismo: este agosto) lo pasamos en el lago. La casa estaba en una colina, a unos cuantos metros por encima de una casa con jardín, asador, alberca, Mercedes Benz y perro lanudo y blanco impoluto. Estaban los dueños sesentones, la hija, el marido de la hija, y la bebé de estos dos últimos, que habrá tenido no más de ocho meses. Y cada cosa que tanto padres como abuelos le referían al miembro más pequeño de la familia, lo hacían con la voz impostada como un impedido mental. Que yo no sé si sea una cosa accidental o de verdad nuestra raza se está yendo al carajo. Lo que sé es que llega un momento en que sientes repudio por los emisores y compasión por la pobre e indefensa receptora.

Cierto que la bebé recién empieza a entender y que aún no sabe qué significan esas palabras y no cuenta aún con el juicio suficiente como para darse cuenta que se las dicen con voz de estúpido. Pero ¿y después?

Me da por imaginar que si la nena crece escuchándolos hablar como subnormales, puede convencerse que esa es la manera natural de hablar. Puede ser que imitando a la gente con la que convive todo el día, los primeros sonidos que emita sean balbuceos idiotas. Quizás sea incluso por eso que muchos niños a los tres años aún no son capaces de pronunciar bien las palabras. Y uno los ve y piensa ¿cómo puede ser que diga pelo y no perro? Pues quizás sea gracias a este tipo de adultos, que son incapaces de hablarle a un niño como si de una persona se tratara.

E imagino más. ¿Y qué tal si aprenden a relacionar las cosas, a explicarse el mundo, con aquellas medias palabras idiotas? Esos niños podrían aprender a amar y a buscar luego esa manera idiota de ¿expresarse? Porque no puede ser lo mismo decirle a un niño ¿quieres bañarte en la alberca? Que decirle: a vel, a vel, ¿quem quele hace’ un bañotitititino en la albelcooota? A vel ¿quem, quem? ¿éte bebé? ¿éte?

Bueno. Yo de pedagogía no sé nada. Imagino nada más. Y espero sólo que como hija de una familia pudiente, aquella bebé logre tener acceso a una amorosa nana rumana, rusa o ucraniana. Y aprenda así la hermosa costumbre de pronunciar bien las palabras italianas.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Con el vaso colmado

Hace cosa de dos años, días más, días menos; que en la redes sociales vengo leyendo opiniones sobre el estado en que están las cosas en México. O más bien, sobre lo que hay que hacer para mejorar el estado en que están las cosas, que es un estado pésimo, en eso coinciden todos. Y me decidí a escribir esto porque ya estoy podrida de leer quejas vacías. De sintaxis, de ingenio, pero sobre todo, de contenido.

Que debemos cambiar, que hay que despertar, que no podemos quedarnos con los brazos cruzados, que ha llegado la hora, que sí se puede, que la culpa de lo que está pasando en el país es nuestra, que hay que hacer algo ¡ya!, que si ¿tú vas a hacer algo o te vas a quedar viendo desde tu casa? Incluso a algún creativo se le ocurrió hacer el videíto ese que tiene cientos de visitas en youtube y que dice que si queremos encontrar al responsable de todo lo malo que está pasando en nuestro país, nomás tenemos que buscar en el espejo.

Esos por un lado. Por otro, los hay que se quejan de los que convocan o participan en las marchas, de los que escriben panfletos o artículos, de los que denuncian públicamente, de Sicilia, de PIT II. Que las marchas sirven sólo para causar embotellamientos, que las denuncias públicas en los medios de comunicación sirven nomás para aumentar el miedo o la espectacularidad de la vida cotidiana, que las huelgas son nada más un pretexto de los huevones para seguir echándola, que a Sicilia lo sigue la manada nomás porque es famoso.

Y lo mejor. Están los sociólogos que publican sus análisis a manera de aforismos (de 140 caracteres, por supuesto) del tipo: se quejan del gobierno, pero no respetan los semáforos (¿?). O: en México todos quieren coche y luego se quejan del embotellamiento (¿?¿?). O: no les gusta la violencia pero qué tal van a gritar este 15 que viva México (¿?¿?¿?).

De acuerdo, a nadie le gusta cómo van las cosas en México. Y un grupo de tantos cree que somos los ciudadanos de a pie y no el gobierno, los responsables, los que deben solucionar el clima nefasto que amenaza con asfixiar hasta el último rincón del país. Tenemos que hacer algo. Muy bien. Pero ¿hacer qué? Tenemos que cambiar. De acuerdo ¿cambiar qué? ¿cómo lo cambiamos? ¿siguiendo qué acciones?

Porque en estos años, en las redes sociales no he leído una sola propuesta, una sola idea concreta. Hacer algo, cambiar, actuar ¡ya!, abrir los ojos, ser responsables. Todas palabras vagas, meras abstracciones. Quejas que se lanzan como una sana mentada cuando uno se golpea el pulgar con un martillo. Sirve para desahogarse, cierto, pero carece de fondo, de utilidad.

Es verdad que estamos acostumbrados a engullirnos sin paladear abstracciones ridículas. Desde los discursos políticos hasta los anuncios publicitarios (si es que no son la misma cosa). Ideas tan absurdas como que dentro de una bolsa de papas fritas hay millones de sonrisas o que cuando te subes a tal coche, la ciudad se convierte en una selva. Pero que seamos bombardeados incesantemente por tales memeces no justifica que nuestra vida, nuestro país o nuestro planeta deban ser vistos a través del mismo cristal.

Una acción, una acción chiquitita que poniéndola en práctica todos al mismo tiempo logre que la violencia y el desorden y el miedo disminuyan. Una nada más. Nómbrenla. Porque yo no tengo idea de qué cosa podamos hacer los ciudadanos comunes y corrientes para solucionar las balaceras, las muertes, los entierros. Y a estas alturas estoy ávida (y no creo ser la única) de escuchar una propuesta, un plan de acción que no venga de institución alguna. Juro que me uniría y apoyaría y exaltaría. Pero ya basta de tan insana repetición de frases “positivas” que no son más que eslógans de los mismos medios y los mismos partidos de los que se quejan. Por favor.

martes, 8 de febrero de 2011

Febrero 8, 2011

Hay un tema que me tiene revuelto el estómago desde hace más de veinticuatro horas (sí, tarde pero me alcancé a enterar): que Emiliano Salinas Occelli, el hijo del ex presidente Calos Salinas de Gortari, resulte ahora el creador de un “movimiento ciudadano” que se llama en maya y que sólo él y otros veinte que lo componen saben qué carajos es.

Y es que en su conferencia del mes pasado en San Miguel de Allende, lo que mostró fue que más allá de su discurso aprendido a memoria (muy bien estructurado por quien lo haya hecho, eso sí, muy al estilo efectivísimo de las conferencias de auto ayuda), no tiene la más peregrina idea de qué está proponiendo.
Que el problema de México es que hemos vivido sintiéndonos víctimas, dijo. Que desde la conquista española hasta la “guerra contra el narco” de Calderón, pasando por el gobierno de su padre, por supuesto; el problema de los mexicanos es que nos sentimos víctimas.

¿En serio? ¿O sea que nuestro problema es básicamente de percepción? Díganme si no es el colmo del cinismo. ¿Cómo puede ser que un tipo que ha gozado de una vida millonaria gracias a la sistemática ratería de su familia, que un producto de tal estirpe nos venga a decir ahora que con un cambio de óptica podemos componer al país a cuya descomposición contribuyó con tanta efectividad su padre?

El discurso habrá estado muy bien armado para obtener el aplauso fácil, porque a mucha gente no le gusta pensar, le gusta ir a escuchar una conferencia donde le hagan las preguntas y le den las respuestas; todo en quince minutos, si es posible. Habrá estado bien armado para tal fin, digo, pero eso no quita que la sustancia de éste fueran puras banalidades.

La única propuesta concreta que soltó, fue que debemos salir todos a la calle a pesar del miedo, que no nos quedemos encerrados en nuestras casas después de las diez de la noche. ¿En serio? ¿Crea un “movimiento” y convoca a la sociedad civil para decirle que eso va a cambiar al país? Claro, diles a tus guarros que no les de frío, güey, que salgan a pasear contigo al parque España a la media noche.

El resto de sus “propuestas” fue extraído de los libros que desde hace tres décadas se venden en Sanborn’s. Que hay que echarle ganas, que hay que querer a México y luchar por México, que ya es hora de hacer algo, que sólo un movimiento ciudadano logrará cambiar las cosas. Lo que nunca queda claro es qué carajos es ese tal movimiento y sobre todo, para dónde se está moviendo, si es que se mueve y no es sólo la plataforma desde la que luego este hijo del innombrable va a lanzarse hacia algún cargo político; digamos de gobernador del Estado de México, pa’ comenzar.

Luego de la conferencia, el tal Emiliano da una entrevista. Y frente a las cámaras de Televisa, el hijo del mal nacido que saqueó al país hace quince años, defiende su derecho a dedicarse a un cargo político “si quisiera, ¿por qué no?”. Y denuncia la persecución a la que ha sido sometida su familia. Pero ¿estamos bromeando? ¿dónde está la jodida cámara escondida?

Si hubiera un código ético en la sociedad, ya tendríamos que estar todos tirando huevos podridos a las puertas de su casa en las Lomas, en la Condesa o donde quiera que viva. Tendríamos que repudiarlo y hacer pancartas. Hacerle saber que lo único que él puede ofrecerle a México, es una disculpa.
Que sepa que si quiere vivir entre nosotros, lo que le corresponde es hacerlo con humildad. Sin exhibirse en ningún medio, sin dar ninguna conferencia, y mucho menos cursos abstractos de supervivencia y/o respuestas a problemas sociales. Es lo mínimo que podríamos demandarle: humildad y una disculpa en nombre de su familia.

Pero en lugar de eso lo escuchamos, le aplaudimos, decimos qué muchachito tan inteligente, qué razón tiene. Y peor, le damos el beneficio de la duda. Somos nosotros los que no tenemos ningún código ético, ninguna moralidad. Porque seguimos dejando que este tipo de gentuza ocupe los podios, tome la palabra. Porque no sabemos cuándo ni a quienes deberíamos abuchear. Porque nos quejamos cuando un grupo de indígenas o de trabajadores se manifiesta y bloquea Reforma por dos horas, pero permitimos que el hijo de Salinas lidere un movimiento y suba a las tribunas y se sienta con la autoridad de explicarnos cuál es el gran problema de México.

Quizás a ninguno de nosotros nos quede claro cuál es el problema de nuestro país o si todo se reduce a un único gran problema; por qué hay un clima de guerra, porqué la jornada se cuenta en asesinatos, desaparecidos y secuestrados. Pero Emiliano Salinas debe saber que no tiene la investidura moral, ni la autoridad, para venir a explicarnos nuestro país o a proponernos acción alguna. Que no las tiene porque nosotros no se las otorgamos. Y que lo único que le concedemos es el derecho a permanecer en silencio. En absoluto silencio.

miércoles, 26 de enero de 2011

Enero 26, 2011

Los martes voy a un curso de nutrición. Ayer vino un apicultor y nos hizo una degustación de tres tipos de mieles. Y para ello, tuvimos que pasar por la penosa experiencia de hacer una cola.

Y es que acá en Italia, si uno no es de los primeros diez en llegar frente a la puerta, barrera, ventanilla, o cosa que determina el acceso a algo, hay que hacer cola. Pero no una de esas colas en las que uno o dos se ponen detrás de otros uno o dos y así sucesivamente. No. La cola a la italiana es una masa informe de cuerpos aglomerados que se clavan codos, rodillas y sobre todo, miradas afiladísimas.

Hacer una cola en Italia requiere armarse hasta los dientes de paciencia, pero sobre todo de una curiosa mezcla de ira y astucia. De maña, como dirían mis tías. O de simple gusto por joder al prójimo. Porque pasarle por delante a uno en una cola, es más que una victoria, es una afirmación de la propia superioridad. Frente a los otros, pero sobre todo, frente a uno mismo. Hacer colas acá no es para los de espíritu deportivo. No. Es para esos que poseen un inflado espíritu competitivo.

Nunca se sabe si ya se ha superado la “cola”, hasta que no se ha llegado a donde quería o pretendía. En el caso que me ocupa, a los tres tarros de miel y las cucharitas de plástico, dispuestos sobre una mesa en un rincón del aula. E incluso ya estando delante de la mesa, uno no tiene asegurado haber ganado la batalla. Porque hay que lidiar con los que le apartan el lugar a la hermana, al marido, a los tres amigos que todavía están a unos pasos: ven, ven, acércate, que yo no me muevo de acá, disculpe, ¿puede dejar pasar al señor? Están también los que toman tres o cuatro o cinco cucharitas y lentamente escarban dentro de los frascos hasta llenarse las manos de tantas muestras como les parece necesario. Y están claro, los que se apostan frente a los tarros, comienzan a llenar cucharitas y las van pasando por sobre las cabezas de los otros, a las distintas manos que se van alargando desde atrás: Pina ¿ya probaste la de castaña?, Gianni, mira, esta es de flores de los Alpes, prueba, prueba que buena, ¿le diste a probar a Pippo? espera que te tomo otra cucharadita.

La reacción de los otros, que están cerca de la mesa, pero no han logrado acercarse a los tarros de miel, es igualmente variopinta. Están los que se quejan en voz alta, reclamando normalmente al Señor o a la Madonna. Los que hacen muecas de desaprobación y no dicen nada. Los que actúan como si nada. Y por supuesto, están los que reclaman. El argumento es casi siempre el mismo y muy válido: oiga, venimos todos luchando en la cola, no es justo que usted se tome la libertad de apropiarse del espacio y menos de los tarritos, para asegurarles a sus amigos una cucharadita de todos los tipos de miel. Claro que normalmente los que se toman esas libertades sostienen precisamente lo contrario, que como llegaron primero tienen derecho incluso a tomar el doble o el triple de cucharaditas, si así lo desean.

Y así se va. Los participantes de la cola se enojan. Se insultan con eufemismos. Se dicen palabrotas cuando están lo suficientemente lejos como para esquivar una posible confrontación, pero lo suficientemente cerca como para asegurarse de ser oídos. Y todo queda en un “en fin”.

Porque si uno se pone a buscar a los responsables de todo este ímprobo mecanismo de las colas italianas, puede llegar hasta la loba que amamantó a Rómulo y Remo (o Rémulo, como lo llama el Primer Ministro). Por ahí los dos tipos se peleaban por ser el primero en llegar a la teta más llena de leche.

Nunca se sabe.

Por cierto, la miel muy rica. Casi diría que valió la pena la batalla por conseguir una cucharada. Casi.

domingo, 16 de enero de 2011

Enero 16, 2011

Hace cosa de 30 meses que vivo en Italia. Sin embargo, últimamente me he podido enterar que en México, la panacea en sueros ya no es el Pedyalite, sino los electrolitos orales del Suerox, publicitados por un bebé con parálisis facial que le tomó prestada la voz a un “niño bien” de Polanco.

Ahora también sé que para dejar de ser un “osito” y volverse un “tigre” hay que tomar unas pastillas que se llaman M-Force. Que Ultra-Bengue es el único ungüento para el dolor muscular que combina un poderoso desinflamatorio con anestesia tópica. Y que para tranquilizarse se puede tomar el té Dalai.

Todo gracias a que en la página de Televisa han comenzado a incluir los comerciales en las transmisiones del programa de Nicolás Alvarado y Julio Patán. Sí, desde hace varios meses adquirí la feísima costumbre de ver ese programa. Lo hice atraída por las constantes demostraciones de erudición que hace Alvarado en su programa de Canal 22. Cuando vivía en México lo veía con harta frecuencia. Acá no lo veo más porque los programas subidos al Youtube se dejan ver en mi computadora normalmente hasta el minuto 18 o 22. Luego la cosa se traba justo en el momento en que están a punto de contar cuál es el origen del sudoku y no hay manera de que vuelva a correr y a mí eso me pone los nervios de punta.

Decía, entonces, que comencé a ver tal programa por Alvarado, porque a Patán ni lo conocía. Me gustó la idea de que un par de tipos hablaran sobre cualquier tema sin leer directamente del teleprompter, pero luego empezaron a molestarme varias cosas. Por ejemplo, que Patán diga ¿síiii? insistentemente. Siempre me ha fastidiado la gente que a la exposición de sus ideas o argumentos, entrelaza una pregunta monosilábica y encima, le larga una vocal: ¿nooo? ¿okeeey? ¿ajáaaaa?. Sobre todo los que usan el ¿síiii? Como si estuvieran exponiendo una verdad pura y si uno no asiente, es por puro imbécil.

Otra cosa que no me gusta es que los dos hablan igual. Alvarado mueve constantemente la cabeza hacia delante mientras abre las manos y enseña las palmas, mientras que Patán aprieta más o menos los ojos y los puños, dependiendo de la seriedad que le imprime a lo que está diciendo. Pero los dos usan el mismo tono, las mismas inflexiones. Lo he notado porque más que verlos, los escucho: los pongo mientras cocino.

No me gusta cuando pronuncian algo en francés con acento francés, y mucho menos cuando pronuncian algo en inglés con acento inglés. Y con el tiempo han comenzado a parecerme tiesos, engreídos, pedantes. Y lo peor: esnobs.

Cada vez los pongo menos, pero sigo haciéndolo. No sé para castigarme de qué. Tampoco sé porqué comencé a hablar de ellos. Ah, sí. Era por la cosa de los comerciales que me he chutado en los últimos días. Una cosa repugnante. De manufactura y de contenido. Imágenes sobrecargadas, colores sucios, edición hecha con tijeras y pegamento, luces empastadas, actuaciones exageradas. Y como si fuera poco, venden productos milagrosos para solucionar problemas imaginarios.

Y pensar que cuatro años de mi juventud, los pasé en una escuela de Publicidad.