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viernes, 30 de mayo de 2014

Como a la peste

Ya se me había olvidado. Los italianos (al menos los de las dos ciudades en que he pasado temporadas largas: Milán y Turín), combaten al sol como si de la peste se tratara. Pasan la mayor parte del tiempo con cielos encapotados, atascados de lluvias, de nieve, de aguanieve. Y cuando finalmente el sol se decide y se abre paso entre tanto nubarrón y resplandece y calienta, la gente corre a esconderse.
Como ahora, en Milán. 
El cielo está despejado. El famoso azul celeste. Y hay nubes blancas y espesas como crema recién batida. Asomo la nariz allá afuera y todas las ventanas de todos los edificios de esta cuadra tienen las cortinas corridas o las persianas bajas. Salimos a dar un paseo y la misma cosa sucede en la cuadra siguiente y en la siguiente. 
Ayer estuvo nublado toda la mañana. Incluso a ratos llovió en serio. Todas las cortinas y las persianas estaban abiertas. 
Lo lindo de esta casa es que es fresca ¿sabes?, no le da el sol. Dijo alguien que intentó vendernos un apartamento en Turín hace varios años. 
El que la escasez de luz diurna en una casa sea un plus y no un menos, es una de las muchas razones por las que nunca me gustó acá, pienso mientras damos la vuelta en una cuadra y la fachada del  Duomo nos ciega en tantos blancos como decía Borges que era la ceguera. Si eso decía o mi memoria está inventando. O peor, me estoy confundiendo con uno de los Ensayos de Saramago. Que tampoco llegó nunca a gustarme del todo, la verdad.


martes, 8 de noviembre de 2011

De vueltas y tormentas

Y quién dice que volver es sencillo. Ya sea volver a la casa paterna, al cafecito de aquella esquina, a la ciudad de origen, a la otra donde fuiste tan feliz, a la patria, o al lugar en el que estás viviendo tu historia reciente desde hace unos cuantos años. Hay vueltas que son un tango (o un bolero) y otras que son felicísimas. Pero hay unas que son espantosas. Esta reciente vuelta a la ciudad en que vivo, entra en esta última categoría. No sé si alguna vez lo dejé asentado por escrito acá, pero Turín me gusta poco y pocas veces. En estos días no me gusta nada. Es cosa de las circunstancias.

Verán, Piamonte es una especie de zona fausta donde Zeus se descarga cada vez que le coge uno de sus habituales ataques coléricos. Así como algunas personas se encierran en el baño a golpear azulejos, o se meten al bar de la vuelta a buscar bronca, o se trepan a la azotea para gritar a gusto cuando andan irritados del ánimo. Así, igualito. Pero en deidad. Y ahí llegan sus ejércitos de nubes y se ponen a tronar y a resplandecer y a tirar agua sin consideración. Quizás sean ataques que en perspectiva divina duran cosa de minutos, un grito y un puño estrellado contra una superficie dura y ya está. Pero en tiempo terrestre y mortal, la cosa se extiende normalmente por días y a veces por semanas. Y entonces caen cascadas y cascadas de agua y las esquinas se vuelven lagos y las calles riachuelos y en las colinas hay argayos y el Dora y el Po engruesan sus cauces y amenazan con desbordarse.

Cuando tal cosa sucede, uno se despierta con el repiqueteo de la lluvia, pasa el día entre bramidos y estruendos del aguacero y se va a la cama con el tintineo de las gotas y los gotones en las ventanas. O cualquier viceversa posible.

Pues así es como anda la cosa en los últimos días. Desde el viernes cuando el avión aterrizó en medio de ráfagas de viento y agua, hasta esta mañana, cuatro días después. Cierto que en estos tiempos aciagos, Liguria está sufriendo en serio y que esa es una verdadera tragedia que con ligeras variaciones de locación, se repite cada año. Pero esa es otra historia.

Yo vine con la intención de hablar de este microcosmos. Donde con este cielo gris y de un chorreante perpetuo, la vuelta está resultando espantosa. Y si me apuran, diría que hasta tristísima.

viernes, 1 de julio de 2011

La nostalgia de las azoteas


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Foto: Thania Z, 2009

Una de las primeras cosas que me llamó la atención cuando llegué a Turín, fue que no existen las azoteas. ¿Y dónde cuelgan la ropa?, me preguntó mi hermana cuando se lo conté.

Es que para nosotros los chilangos, es inadmisible pensar en un edificio sin su espacio allá arriba para los lavaderos de piedra, las antenas de la tele, los tanques de gas, los tinacos del agua y por supuesto, las jaulas o ya de perdida los mecates para colgar la ropa recién lavada. O la colada, si queremos ser más peninsulares.

Ese lugarcito que hace también las veces de bodega o de trastero. Allá arriba es donde dejamos olvidados los triques que ya no usamos, que estorban en la casa pero que por alguna especie de consideración o apego casi absurdo, no nos atrevemos a botar. Es como un limbo entre la vida útil de las cosas y su consecuente metamorfosis en basura: las colchas medio todavía buenas medio ya rotas; las llantas ponchadas, parchadas y vueltas a ponchar; los balones ponchados; los triciclos de la infancia; las sillas con tres o dos patas; los espejos rotos; las muñecas sin pelo, sin ropa, sin un ojo. Y las plantas aguantadoras, por supuesto. Esas que no se mueren ni con el solazo ni con una granizada, posibilidades siempre latentes en la ciudad de México en cualquier estación del año.

Pues acá no hay azoteas. Y los triques que no se usan pero aún no se tiran, se guardan normalmente en una cuarto en la planta baja o en un sótano que se llama cantina, como se llamaba cuando se empezó a usar para guardar las barricas de vino y luego los salames, los jamones, el agua y todos esos productos que necesitan de clima fresco, húmedo y oscuro.

¿Y dónde se tiende? volviendo a la pregunta de mi hermana. Pues donde se puede. En los meses de sol y calor, en unos lazos puestos ex profeso en las barandillas de los balcones. Cuando hace frío, llueve o nieva o todo eso junto, se tiende dentro de casa. En tendederos portátiles y plegables que se abren como mesas de picnic con dos o más rejillas a uno y otro lado. O en tendederos que se fijan a la pared y que normalmente se ponen a unos metros sobre la bañera que suele ser el lugar siempre libre en las casas chicas.

Esta no es una ciudad grande y los edificios no son tan altos, sobre todo en el centro. Nada de rascacielos ni torres más grandes del país. Y como la chilanga que soy, a veces me da por suspirar y pensar: pobre Turín, con tanto cielo ¡y ninguna azotea!