miércoles, 18 de mayo de 2011

Miércoles del baúl de la abuela...

Del verano del 2007:

Es cosa de mostrar la libretita verde. Cosa de la primer ventanilla, del primer “agente”. Y ya te das cuenta dónde estás y de dónde vienes. No has visto ningún castillo medieval, ninguna obra del Renacimiento. Ni siquiera has podido sorprenderte con la simétrica forma de los tulipanes de ningún jardín. Estás en un simple aeropuerto. Con pisos y techos y ventanales por los que no has visto más que aviones y un cielo nublado. Pero sabes bien que estás en Europa. En la UE, ese gran reino inmaculado para el que las ratas latinoamericanas como tú, son un peligro inminente.

En la fila, delante de mí, venía una familia gringa. Papá, mamá, nene y nena gringos. Carreola, maletas, comida de bebés, medicamentos, juguetes. Toneladas de cosas. Y pasaportes gringos. La única cosa que tuvieron que hacer fue enseñarlos. El holandés del mostrador les dio las gracias y la bienvenida con su sonrisa del mediodía pasado y quizás incluso sintió que un puente unía a la gran nación de Bush con su banquito detrás de su mostrador de plástico. En cuanto vio mi águila y mi serpiente, claro, la cosa cambió. Que a dónde iba, que a qué iba, que cuánto tiempo planeaba quedarme, que a ver donde estaba mi tarjeta bancaria, que si tenía el boleto de vuelta y pensándolo bien, no, de boleto de vuelta nada, mejor enséñame la carta de invitación y así te pongo en el próximo avión de vuelta a tu agujero subdesarrollado ¡inmigrante! Claro, la puta carta. Que M me mandó diciendo que por si acaso, que en la muy remota situación de que me encontrara con un gorila y me la pidiera. Tenía todo, absolutamente todo lo que podían pedirme. Pero nada estaba asegurado. El holandés del mostrador podía sencillamente verme cara de terrorista, de narcotraficante y decidir que no. Que no me dejaba entrar a su reino inmaculado porque no se le daba la gana. Una cosa que creo que hasta podría violar los derechos de uno, que sí, ser subdesarrollado, pero humano al fin. Sólo falta que eso tampoco nos lo reconozcan. Pero el holandés del mostrador no encontró más pretextos y tuvo que dejarme pasar con una mueca torcida. He entrado a la UE. Y entro con menos ganas que con las que me hubiera vuelto a mi país.

Los grandes dueños del mundo. Entre ellos, sonrisas y cordialidad. Pero estamos los demás: la amenaza. El tercer mundo. Debemos cumplir con una tonelada de requisitos si es que aspiramos a entrar y dar un vistazo a su reino inmaculado o a su patria de la libertad. Nos tienen miedo porque alteramos su ecosistema. Porque no vivimos siguiendo un manifiesto de reglas, porque sobrevivimos transgrediéndolas. Porque no tuvimos revoluciones hace sesenta años, sino hace veinte. Nos temen como se teme a todo lo desconocido. ¿Porqué carajos no se han extinguido? puede que se pregunten. O quizás se pregunten por qué carajos insistimos en seguir viniendo a sus reinos sin importar cuántas barreras nos pongan y cuánto nos demuestren que no somos bienvenidos, ni lo fuimos ni lo seremos jamás.
– Chinga mucho a tu madre –le dije al holandés del mostrador, con una sonrisa exagerada.
Porque una venganza minúscula, propia y secreta, te puede salvar el día. O la cordura. Y a veces incluso, las dos cosas.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Crónica de una mañana de mierda

Tenía intenciones de levantarme a las ocho de la mañana, pero me olvidé de poner el despertador, así que me levanté una hora después. Buscando hacer dos cosas al mismo tiempo, puse la cafetera sobre el fuego de la hornalla mientras me hacía un “baño vaquero” como elegantemente se le llama en México. La cafetera hizo lo suyo antes que yo y para cuando apagué el fuego, el café ya estaba quemado. No me lo bebí todo porque sabía a caldo de cenizas.
Tenía que ir a la oficina de la Prefectura a entregar todos los papeles necesarios para pedir la ciudadanía italiana. Y de pronto se me ocurrió que podía serme útil imprimir otro formulario, por si había cometido algún error en el que ya había compilado. Uno siempre corre el riesgo de poner una cosa que no debe en el espacio en blanco correspondiente. Una coma, un acento, una letra de más o de menos. Mandé a imprimir el mentado formulario mientras me vestía. Cuando volví frente a la computadora, el papel se había atascado en la impresora. La apagué, la abrí, saqué el papel atorado, la encendí y volví a mandar a impresión. Eran las diez cuando salí de casa.
Me faltaba comprar un timbre fiscal. Acá para pedir cualquier cosa oficial debes comprar siempre un timbre fiscal que venden por lo regular en las tabaquerías. Me faltaba también fotocopiar un par de documentos. En cinco minutos estaba en la tabaquería comprando el timbre. En cinco minutos más, estaba en la papelería, pidiendo las fotocopias.
La dueña no estaba. En su lugar estaba una vieja con el pelo pintado de amarillo canario, con gafas de sol azules, de esas a la John Lennon; y vestida con unos leggins, una minifalda de mezclilla y una blusa blanca llena de encajes, estoperoles, brillitos y cintas, escotada casi hasta el obligo. Tendría unos sesenta años. O hasta más.
La vieja me recibió los documentos, fue hasta la fotocopiadora y volvió con todas las hojas en desorden. Le pagué y me dispuse a ordenar todo aquello. Entonces descubrí que el recibo de pago que había hecho en la oficina postal no estaba. Estaba la fotocopia que la vieja había hecho, pero no el original. Le pedí a la vieja que revisara si no estaba por ahí.
– No señora, yo le di todo, justo como usted me lo dio –dijo y se alzó de hombros.
Entonces empecé a sudar frío. La hojita perdida era el recibo del pago por el derecho a convertirme administrativamente, en ciudadana italiana. Un recibo por doscientos euros, que no es poco.
Revisé papel por papel, entre las decenas de originales y fotocopias que llevaba en una carpeta. Nada. Le pedí que revisara de nuevo, por favor, porque no era posible que aquel recibo hubiera desaparecido así nomás. La vieja siguió repitiendo que ella me había entregado todo, tal cual yo se lo había dado. Se paseó por acá, por allá y siguió diciéndome busque bien, señora, busque en sus papeles, porque yo le di todo.
En eso llegó la dueña. Le conté lo que había pasado y ella se puso a buscar por todos lados, levantando hasta los clips que encontraba sobre el mostrador. La vieja la siguió pisándole los talones y repitiendo que ella lo único que había hecho era darme los documentos en la mano, tal como yo se los había entregado.
La dueña no encontró nada. Me sugirió que le dejara mi número de teléfono y si acaso “aquel papel” aparecía, me llamaba. El sudor me corría a chorros por la frente.
– Es que no puedo irme sin el recibo, señora –le expliqué–, tengo que hacer un trámite burocrático y me piden el original, usted entenderá que…
Y sí, lo entendía, dijo, pero ¿qué podía ella hacer? Claro, y además ¿qué carajos le importaba? La vieja volvió al ataque con su retahíla y entonces me desesperé.
– ¡Señora! –grité– ¡Yo no estoy buscando culparla de nada! ¡Necesito ese recibo! ¡No me interesa lo que usted hizo o dejó de hacer! ¡Yo entré acá con ese recibo y no me voy a ir sin él!
A la vieja le importó poco y siguió con lo suyo. Entonces yo seguí con lo mío y empecé a revolver todo lo que encontraba a mi paso. La dueña me pidió que me calmara y se puso a revisar, hoja por hoja, todos los originales y fotocopias que llevaba yo en la carpeta.
– En efecto, no está –fue su aguda conclusión.
– ¡Qué extraño! –dijo la vieja– porque yo hice las fotocopias y le entregué a la señora todos los documentos en la ma…
– ¡Basta, señora! ¡Ya le entendí! –seguí gritando– ¿Me está diciendo entonces que yo perdí a propósito mi recibo para culparla a usted? ¿Cree que para eso entré aquí?
La dueña volvió a pedirme que me calmara. Volvió a dar una vuelta por todo el lugar. Miré la hora. Faltaban quince minutos para las once. Llevaba más de media hora metida allí, en la dimensión desconocida.
– No me puedo ir sin ese recibo, no puedo – dije y casi me saltaban las lágrimas de los ojos.
Entonces sucedió el milagro. A la dueña se le ocurrió mirar detrás del mostrador.
– ¡Mire dónde estaba! –dijo recogiendo el recibo del piso y extendiéndomelo.
– Claro, porque se ve que yo le di todo en la mano y la señora como tenía todos esos papeles aquí encima, hizo que…
– ¡Señora! ¡Ya estuvo bien! –le grité desgañitándome– ¡Fue culpa mía! ¡Yo fui la que lo hizo caer a propósito, para culparla a usted!
– Yo sólo le estoy diciendo que yo le di todo tal como usted me lo dio…
– ¡Culpa mía! –la interrumpí– ¡Fue culpa mía! ¡También que usted en lugar de ayudarme a buscar el recibo, se haya puesto a repetir mil veces que me entregó todos los documentos en la mano! ¡También eso fue culpa mía!
Salí de allí gritando y jurándome no volver nunca más. La vieja seguía repitiéndole a la dueña la misma historia.
Tres minutos después estaba tomando el autobús que me dejaba a unas cuadras de la oficina de la Prefectura, que cerraba al mediodía.
A las once, bañada en sudor, estaba entrando en aquel lugar. Y leía, en una hoja pegada en la pared, que no aceptaban fotocopias de los documentos de frente y detrás, sólo hojas fotocopiadas por el frente. A mí me habían hecho dos fotocopias de frente y detrás, de los documentos apostillados que venían de México. Uno no quiere entrar a una oficina burocrática italiana con un error así. Es como regalarles la oportunidad de gritarte y de pendejearte cuantas veces les plazca. Es como mentarte la madre a ti mismo.
Así que tomé el papelito con el número, porque acá siempre hay que tomar un número para todo, no sólo para comprar carne en el supermercado. Y salí a buscar donde hacer las mentadas copias. Di un par de vueltas en los alrededores y finalmente encontré una tabaquería donde las hacían.
A las once y cuarto estaba de vuelta en la oficina, cocida en mis jugos y con las manos temblando ya no sé ni de qué. Apenas entrar escuché que gritaban desde el cuartito del alto poder burocrático: ¡ochenta y cinco! Mierda. Yo tenía el ochenta y uno. Mi turno ya había pasado. Tomé otro número. El noventa y seis.
Un rato después estaba sentada frente a una joven burócrata que revisaba mis papeles.
– Pero usted no puede solicitar la ciudadanía todavía – me dijo.
Entonces mi cuerpo sudó toda el agua que tenía de reserva. Ahí, sentada en aquella silla de plástico, sentí cómo me deshidrataba en cosa de segundos. Hace dos meses, en esa misma oficina, otra joven burócrata me había dicho exactamente lo contrario.
– Tiene que esperar un par de semanas más –siguió la joven burócrata de ahora.
De alguna manera, en el Registro Civil aparece que yo asenté mi residencia en esta ciudad en mayo del dos mil nueve. No sé si porque en mayo del dos mil nueve perdí el primer documento de identidad, o porque fui tan idiota como para pasarme un año acá sin ir a registrarme a la oficina esa. El caso es que aparece así. Y por norma, la ciudadanía se puede pedir sólo después de dos años cumplidos de residencia legal en el país.
La joven burócrata garabateó tres líneas en código en un pedazo de papel y me dijo que volviera el treinta de mayo.
Faltaban diez minutos para el mediodía cuando salí de allí. Metí la mano en mi mochila. Busqué y rebusqué sólo para comprobar que me había olvidado los cigarros en casa.
Sí, hace más de un mes que volví a fumar. No me pregunten por qué.


lunes, 9 de mayo de 2011

De los alpinos y de los Alpes

El fin de semana pasado se celebró el 84º Encuentro de los alpinos. Los alpinos son los militares de la parte norte de Italia, donde están los Alpes italianos, lo que desvela la razón de su nombre.
Los alpinos se juntan cada año en una ciudad distinta y este año tocó la suerte de que lo hicieran en la ciudad donde vivimos. Algunos empezaron a llegar desde el miércoles, pero el jueves se dejaron venir en hordas. Se esperaban cientos de miles, dijeron los noticiarios. La tarde del jueves no había calle por dónde pasar, que no te toparas al menos con un grupo de alpinos, con sus gorros tipo Robin Hood adornados por una pluma negra.
El Valentino, el parque que está a unas cuadras de casa, se llenó de carpas y roulottes como si aquello fuese un campamento. En cada una de las plazas, en mayor o menor escala, sucedió lo mismo.
No tengo mucha idea de para qué se juntan los alpinos cada año. Me he quedado con la impresión de que se juntan para cantar canciones de guerra y para beber. Sobre todo para esto último. Desde el mediodía andan serpenteando por las calles, oliendo a dolcetto o a barbera.
El jueves por la noche fuimos a comer pizza al lugar de siempre, donde hacía cosa de tres meses que no nos parábamos. Enfrente de la pizzería abrieron un bar de tapas y ahí había un grupo de cuatro jóvenes alpinos. Que con el barullo que hacían podían fácilmente pasar por un grupo de cuarenta. Charlaban a los gritos, cantaban ídem y decían palabras en español que imagino acababan de enseñarles los dueños del bar. Los cuatro jóvenes alpinos estaban cocidos en alcohol, como si los hubieran dejado en salmuera de tinto.
- Sono messi proprio male – dijo incluso el de la pizzería, que es como decir que andaban hasta las chanclas.
Por la madrugada se seguían escuchando. No esos cuatro, sino otros, cualesquiera que fuesen, que se paseaban por las calles vecinas.
El viernes la cosa se puso peor. El tráfico estaba interrumpido por todos lados. Cada espacio público convertido en una feria. Había letrinas cada dos cuadras. La ciudad olía a vino, frituras, chorizos a la parrilla y orina fresca.
Los alpinos se paseaban por todos lados con unos coches que parecían de fabricación casera. O se paseaban en carretas. Porque se vinieron hasta con los caballos y las mulas. E iban cantando y sonando claxons con melodías exactamente iguales a los de los microbuses chilangos (exceptuando “La cucaracha” que imagino, habrá ya sido declarado patrimonio público).
La gente estaba contenta, eso que ni qué. Los veían pasar y sonreían y los saludaban y les aplaudían. Se ve que los quieren y que los respetan. Imagino que de eso pedirá Calderón su Navidad: un pueblo castrense en cuerpo y alma. Nunca había visto a tanta gente emocionarse tanto frente a los militares.
En fin.
A nosotros se nos volvió insufrible y el viernes por la noche salimos huyendo hacia un pueblito en las montañas de los Alpes, donde, miren ustedes qué curioso, no vimos un solo alpino.


martes, 3 de mayo de 2011

El que tenga oídos...

Que se escuche el discurso completito de Obama luego del presunto asesinato de Bin Laden (no son ni diez minutos: el tiempo es dinero). Que, acotación al margen, quitando la grandilocuencia de este presidente de ahora y la impecable sintaxis del que le escribe los discursos, el pregón podía haber sido leído por cualquier otro presidente gringo en cualquier otro momento de la historia. Sobre todo el final.

El final, si acaso usted no lo escuchó ya, fue así:

Si usted mastica el inglés:

"The cause of securing our country is not complete. But tonight, we are once again reminded that America can do whatever we set our mind to. That is the story of our history, whether it’s the pursuit of prosperity for our people, or the struggle for equality for all our citizens; our commitment to stand up for our values abroad, and our sacrifices to make the world a safer place.
Let us remember that we can do these things not just because of wealth or power, but because of who we are: one nation, under God, indivisible, with liberty and justice for all".

Si usted mastica el inglés pero le sabe mejor el español (la traducción no es mía, no me permitiría jamás tal atrevimiento. Es la que circula en los periódicos españoles):
"La causa para asegurar a nuestro país no se ha completado. Pero esta noche, volvemos a recordar que Estados Unidos puede hacer lo que se proponga. Esa es la historia de nuestra historia, ya sea la búsqueda de la prosperidad de nuestro pueblo, o la lucha por la igualdad para todos nuestros ciudadanos; nuestro compromiso de defender nuestros valores en el extranjero, y nuestros sacrificios para hacer del mundo un lugar más seguro.
Recordemos que podemos hacer estas cosas no sólo por la riqueza o el poder, sino por lo que somos: una nación, bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos".

Así que si un día descubre usted que le están cayendo bombas sobre su casa, no se preocupe, no se ofenda, no reclame y mucho menos cuestione. Es Dios, que valiéndose del ejército gringo, viene a exorcizar el mal de su país y a regalarle a usted el invaluable don de la vida eterna.

No sé, de pronto sentí como un compromiso, una urgencia por pasar a recordárselo.
Una especie de llamado divino, eso.


viernes, 22 de abril de 2011

Abril 22

Hoy es mi cumpleaños. No, no lo escribo para desatar una tormenta de felicitaciones entre los que lleguen a pasar por acá. Lo escribo porque las circunstancias se han encargado de hacerlo un cumpleaños excepcional.

Me explico.

Si alguien repara en la fecha podrá darse cuenta que este año, celebro el día de mi nacimiento al mismo tiempo que el mundo cristiano celebra la semana santa. Cierto que no es la primera vez que sucede. Naciendo en estas fechas uno corre el riesgo de cumplir años en semana santa de tanto en tanto a lo largo de toda la vida. Pero lo que hace a este cumpleaños excepcional, es que cumplo treinta y tres. Justamente hoy, el día en que ¿se celebra? ¿se conmemora? ¿se recuerda? la crucifixión de Jesucristo. El viernes santo del juicio de Pilato, la corona de espinas, el Vía Crucis.

Es una cosa que a muy pocos nos puede suceder: cumplir la edad que tenía Cristo el día en que la mitad del planeta recuerda su muerte. De acuerdo, luego resucitó y ahora vive eternamente, pero no se puede negar que ese día lo mataron.

¿Y qué significa todo esto? Bueno, de significar, puede que signifique absolutamente nada. No corro el riesgo de ser crucificada y mucho menos el día de hoy. Tampoco soy creyente. Ni católica ni protestante. No creo en Dios ni en la Trinidad. Tampoco en Buda o en Alá. Ni siquiera en Zeus. Y eso sí que lo intenté. Un tiempo quise ser politeísta, pero evidentemente la educación es algo que luego te impide hacer ciertas cosas. Y en mi caso, el sufrir una educación rígidamente protestante, me mutiló la capacidad de ser politeísta y en general, de creer en cualquier divinidad. Así de resentida quedé.

Pero ya me desvié.

Cierto que me gustaría más cumplir años el día en que Cortázar terminó de escribir Rayuela, o el día en que a Bukowski lo llamó el primer editor para decirle que le publicaban el primer cuento. Pero entre las tantas cosas que uno no elige en esta vida, está sobre todo, el día en que uno nace.

Y las circunstancias han querido que cumpla treinta y tres años el viernes santo. Y eso de alguna manera, me hace sentir que el día es algo especial. Por su carácter de único e irrepetible y porque yo soy una de esas para las que las cosas únicas e irrepetibles son también valiosísimas. Sobre todo cuando no tienen ninguna utilidad.

En fin.

Buena Pascua, buena procesión, y sobre todo buen descanso a ustedes, los que este viernes santo de crucifixión decidieron dedicarle un par de minutos a la lectura de esta desordenada exposición sobre el día de mi cumpleaños número treinta y tres.


miércoles, 20 de abril de 2011

Del milagro de la lectura

Seguramente ustedes también habrán escuchado alguna vez que el escritor, además de escribir, lee. Como el músico escucha música y el pintor va a exposiciones de pintura. Es parte del placer y también de la disciplina. Pero uno a veces se olvida el efecto que puede llegar a tener un buen libro. Yo me había casi olvidado. Y no es que haya desperdiciado los últimos meses de mi vida leyendo literatura mediocre. No. Los he desperdiciado en el Internet, en la Red que todo lo contiene y todo lo deforma.

Es cierto que de tanto en tanto uno se encuentra con cosas interesantes y bien escritas en la Red (las crónicas y los artículos adictivos de Juan Villoro, por mencionar un ejemplo obvio). Pero sucede raras veces. La mayor parte del tiempo uno termina leyendo cosas malas y sobre todo, mal escritas. Y uno pasa tantas horas frente a la pantalla de la computadora leyendo esas cosas que al final la prosa mediocre termina pareciendo la única factible. Menos mal que existe siempre la posibilidad del asco.

Hace unos cuantos días desperté, desayuné, y a las nueve y media de la mañana, todavía en pijama, me senté frente a la computadora. Nada más poner la mano sobre el mouse y ver la luz de la pantalla y ¡puaj! apareció el asco. Ese defensor y amparador por excelencia.

Entonces me levanté y sin cambiarme el pijama, tomé un libro y me fui a tumbar al sofá. Era un libro de fotografías que compré en Girona la navidad pasada. Tanto las fotos como el texto son sobre México en la vida y en la obra de Roberto Bolaño*. Me despegué del libro varias veces, pero no lo solté hasta que terminé de leerlo. Al día siguiente tomé “El Gran Gatsby” de Fitzgerald (sí, lo acepto y me avergüenzo: no lo había leído) y sucedió más o menos lo mismo.

Entre un libro y otro, leí algunos pasajes de “Más allá del bien y el mal” de Nietzsche. Y de pronto me precipité a la computadora, pero no para perderme en las redes sociales y los artículos insulsos y mal escritos, sino para abrir un archivo empolvado: mi novela. Que es la única novela que he escrito, que no tiene título todavía y que es objeto de vergüenza porque no está escrita como me gustaría que lo estuviera. De golpe y porrazo me encontré reescribiendo las primeras páginas y editando, editando, editando hasta pasada la media noche.

Siempre lo he creído, que leer es el mejor alimento para luego poder escribir. Pero es necesario leer cosas buenas. Es necesaria una prosa inteligente, ideas lúcidas, que tengan sentido y te revelen algo que no habías pensado, que no se te habría podido ocurrir de otra manera. Y sobre todo que no sean la repetición sintáctica de lo que lees en los periódicos o peor, en Internet.

Después de leer/ver/escuchar una obra maestra, dan ganas y hasta urgencia de crear, de confeccionar algo que se acerque (y te acerque) aunque sea un poco, a la belleza.

No sé si esta vez la edición de mi novela me deje satisfecha. No sé si finalmente podré encontrarle un título. Pero quien haya escrito una novela hace siete años, la haya editado cuatro veces, no la haya mostrado más que a su hermana, su madre y su único amigo escritor, que se haya avergonzado de ella leyéndola hace tres años y la haya tenido escondida en el rincón más recóndito de la memoria; podrá entenderme.
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*Por si a alguien le interesa: “El viaje imposible. En México con Roberto Bolaño” Dunia Gras, Leonie Meyer-Kreuler, Fotografías de Siqui Sánchez. Tropo Editores

domingo, 17 de abril de 2011

Escritora bloqueada, agradecida

Un querido amigo, fotógrafo y publicista, me dijo hace un par de meses en un ¿tweet se llaman? que para estar bloqueada estaba escribiendo bastante.

Todavía me sigo tomando como mensajes personales los mensajes del twitter porque recién hace dos meses que caí en sus redes, cual infante sometido por las ondas epilépticas del Picachú (qué anacrónico que suena una cuando dice cosas como: Picachú) ante la intriga de ¿qué carajos será el twitter y porqué todo el mundo lo usa?

Pero volviendo al comentario de mi amigo, escribo más o menos seguido porque esa fue la intención con la que comencé este blog: escribir sobre cualquier cosa y esperar a ver si ocurre el milagro. El milagro en este caso es que se me vuelva a ocurrir un argumento y la estructura para escribir un cuento. Porque eso era yo: era cuentista, o relatista o cronista de las nimiedades de la vida. Escribía piezas escritas que tenían un principio y un final, un argumento, una historia.

Lo que escribo acá son pedazos de pensamientos, a veces sin un inicio definido y la mayoría de ellas, sin un final claro. Más que un ejercicio estilístico, es una prueba. Claro, podrán pensar algunos, si querías escribir sobre cualquier cagada porqué mejor no te compraste un cuaderno en lugar de abrir un blog. Es cierto. Es una solución más decorosa. De hecho lo hice también. Pero me descubrí (no, no es cierto: me confirmé) una inconstante. En dos años, mi cuaderno apenas se llenó de apuntes, de esbozos de ideas, de frases tomadas al vuelo. No sé quiénes me lo puedan entender, pero saber que lo que escribo acá luego será leído, por ejemplo, por mi amigo publicista, o por mi hermana o por dos o tres personas más, me alienta a intentar garabatear con cierta compostura, un par de frases. A respetar las reglas ortográficas y las gramaticales. Si bien no a cultivarla, al menos a no perder por completo la capacidad de ver algunas cosas a través de la palabra escrita.

Este blog es mi cuarto de rehabilitación.

Hace seis años me atropelló un auto y me rompió los ligamentos del pie derecho. Estuve un tiempo con un yeso y cuando me lo quitaron tenía que meter el pie en agua caliente y moverlo hacia arriba, hacia abajo, hacer círculos, hacer punta. Y luego hacer rodar por la planta del pie una pelota de esponja, apretarla, soltarla, volverla a hacer rodar. Todos los días. Por la mañana y por la noche. Y usar muletas, y luego un bastón. Fue tonto y largo y engorroso, pero pasados unos cuantos meses, volví a caminar como antes del auto.

Bueno, eso es lo que hago acá, ejercicios de rehabilitación. Escribo sobre esto, sobre aquello. A veces me alargo, otras logro apenas un par de párrafos –que no párrafos bien logrados. Pero escribo.

Agradezco a los que pasan por acá, porque la esperanza de su retorno me alienta a seguir picando teclas. Y agradezco también a los que no han pasado nunca. La esperanza de que un día lo hagan, es también por la que sigo “colgando entradas” acá. Entradas que dicen: pase, mire, acomódese, siéntase cómodo, quédese un par de minutos; por favor.