jueves, 22 de septiembre de 2011

Diálogo de gastronomia

En Italia, una gastronomia es un negocio donde venden especialidades gastronómicas. No, no es como una fonda. La comida está en vitrinas y cuesta como si la hubiera cocinado Julia Child hace treinta años y la hubiera dejado guardada en una cápsula del tiempo.

A veces, cuando M no viene a almorzar y el sólo hecho de pensar en encender la estufa me parece una condena inquisitoria, voy a una gastronomia a comprar algo ya cocinado. Como hoy.

– Buenos días.
– Buenos días. Quisiera doscientos gramos de esos ravioles rellenos de calabacín, rúcula y ricotta.
– ¿Algo más?
– No, sólo eso. Gracias.
– Mire que aquí hay poco, poco ¿eh?
– Sí, está bien.
– Se lo digo por si no lo sabe, porque doscientos gramos es de verdad poco.
– Sí, gracias.
– ¿Está segura que no quiere que le ponga más?
– No, gracias.
– Esto es apenas suficiente para una persona ¿eh?
– Sí, lo sé. Es sólo para una persona. Para mí.
– ¡Ah! bueno, si es sólo para usted, entonces está bien. Yo pensé que era para un almuerzo.
– Es para un almuerzo. Para el mío.
– Sí, ya le entendí. Pero pensé que era para un almuerzo... usted me entiende.

El no cocinar a veces te regala momentos así. Porque no hay nada como sentirse fuera de lugar en una gastronomia, mientras uno está comprando comida preparada.


domingo, 18 de septiembre de 2011

A vel, a vel...

No entiendo qué fue lo que convenció a la gente en algún momento de que hablarle a los niños pequeños (sobre todo a los bebés) con un tono idiota, es una especie de táctica pedagógica.

Este verano (o lo que es lo mismo: este agosto) lo pasamos en el lago. La casa estaba en una colina, a unos cuantos metros por encima de una casa con jardín, asador, alberca, Mercedes Benz y perro lanudo y blanco impoluto. Estaban los dueños sesentones, la hija, el marido de la hija, y la bebé de estos dos últimos, que habrá tenido no más de ocho meses. Y cada cosa que tanto padres como abuelos le referían al miembro más pequeño de la familia, lo hacían con la voz impostada como un impedido mental. Que yo no sé si sea una cosa accidental o de verdad nuestra raza se está yendo al carajo. Lo que sé es que llega un momento en que sientes repudio por los emisores y compasión por la pobre e indefensa receptora.

Cierto que la bebé recién empieza a entender y que aún no sabe qué significan esas palabras y no cuenta aún con el juicio suficiente como para darse cuenta que se las dicen con voz de estúpido. Pero ¿y después?

Me da por imaginar que si la nena crece escuchándolos hablar como subnormales, puede convencerse que esa es la manera natural de hablar. Puede ser que imitando a la gente con la que convive todo el día, los primeros sonidos que emita sean balbuceos idiotas. Quizás sea incluso por eso que muchos niños a los tres años aún no son capaces de pronunciar bien las palabras. Y uno los ve y piensa ¿cómo puede ser que diga pelo y no perro? Pues quizás sea gracias a este tipo de adultos, que son incapaces de hablarle a un niño como si de una persona se tratara.

E imagino más. ¿Y qué tal si aprenden a relacionar las cosas, a explicarse el mundo, con aquellas medias palabras idiotas? Esos niños podrían aprender a amar y a buscar luego esa manera idiota de ¿expresarse? Porque no puede ser lo mismo decirle a un niño ¿quieres bañarte en la alberca? Que decirle: a vel, a vel, ¿quem quele hace’ un bañotitititino en la albelcooota? A vel ¿quem, quem? ¿éte bebé? ¿éte?

Bueno. Yo de pedagogía no sé nada. Imagino nada más. Y espero sólo que como hija de una familia pudiente, aquella bebé logre tener acceso a una amorosa nana rumana, rusa o ucraniana. Y aprenda así la hermosa costumbre de pronunciar bien las palabras italianas.

viernes, 16 de septiembre de 2011

El punto y la coma

Objeto de equivocación. Probable causa de confusiones y entripados: en Italia, el punto y la coma que acompañan a los números, no funcionan igual que en México. Funcionan exactamente al revés.

Así, la coma que en México separa las cifras de tres en tres dígitos para volverlas miles, millones, miles de millones, billones, etcétera; en Italia se vuelve un punto. Uno tiene entonces que tres mil quinientos once no se escribe 3,511, sino 3.511

El punto, que en México separa la parte entera de la parte decimal, en Italia se convierte en coma. Así, uno y la mitad de uno no son 1.5, sino 1,5.

No es que uno sea correcto y el otro no. Todos estos usos son correctos. Y sé que parece muy obvio, sí. Nada más le cambia usted la coma por el punto y viceversa, hasta que se acostumbre. Pero los que no somos tan despiertos, podemos tardar un tiempo considerable en acostumbrarnos a tal cosa.

Luego ya le viene a uno casi por inercia, cierto. Bien nos instruyeron en la primaria sobre el hecho de que repitiendo ad nauseam es como mejor se aprende. Pero aprender una cosa nueva no quiere decir cancelar aquella que uno aprendió desde la infancia. Así que, por favor, acuérdese que estoy hablando del punto y la coma que acompaña a los números. No de los signos de puntuación con usos lingüísticos. Si es que usted es de los que todavía los usan, claro. O mejor, si es de los que conserva la costumbre de escribir párrafos y no líneas sueltas.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Con el vaso colmado

Hace cosa de dos años, días más, días menos; que en la redes sociales vengo leyendo opiniones sobre el estado en que están las cosas en México. O más bien, sobre lo que hay que hacer para mejorar el estado en que están las cosas, que es un estado pésimo, en eso coinciden todos. Y me decidí a escribir esto porque ya estoy podrida de leer quejas vacías. De sintaxis, de ingenio, pero sobre todo, de contenido.

Que debemos cambiar, que hay que despertar, que no podemos quedarnos con los brazos cruzados, que ha llegado la hora, que sí se puede, que la culpa de lo que está pasando en el país es nuestra, que hay que hacer algo ¡ya!, que si ¿tú vas a hacer algo o te vas a quedar viendo desde tu casa? Incluso a algún creativo se le ocurrió hacer el videíto ese que tiene cientos de visitas en youtube y que dice que si queremos encontrar al responsable de todo lo malo que está pasando en nuestro país, nomás tenemos que buscar en el espejo.

Esos por un lado. Por otro, los hay que se quejan de los que convocan o participan en las marchas, de los que escriben panfletos o artículos, de los que denuncian públicamente, de Sicilia, de PIT II. Que las marchas sirven sólo para causar embotellamientos, que las denuncias públicas en los medios de comunicación sirven nomás para aumentar el miedo o la espectacularidad de la vida cotidiana, que las huelgas son nada más un pretexto de los huevones para seguir echándola, que a Sicilia lo sigue la manada nomás porque es famoso.

Y lo mejor. Están los sociólogos que publican sus análisis a manera de aforismos (de 140 caracteres, por supuesto) del tipo: se quejan del gobierno, pero no respetan los semáforos (¿?). O: en México todos quieren coche y luego se quejan del embotellamiento (¿?¿?). O: no les gusta la violencia pero qué tal van a gritar este 15 que viva México (¿?¿?¿?).

De acuerdo, a nadie le gusta cómo van las cosas en México. Y un grupo de tantos cree que somos los ciudadanos de a pie y no el gobierno, los responsables, los que deben solucionar el clima nefasto que amenaza con asfixiar hasta el último rincón del país. Tenemos que hacer algo. Muy bien. Pero ¿hacer qué? Tenemos que cambiar. De acuerdo ¿cambiar qué? ¿cómo lo cambiamos? ¿siguiendo qué acciones?

Porque en estos años, en las redes sociales no he leído una sola propuesta, una sola idea concreta. Hacer algo, cambiar, actuar ¡ya!, abrir los ojos, ser responsables. Todas palabras vagas, meras abstracciones. Quejas que se lanzan como una sana mentada cuando uno se golpea el pulgar con un martillo. Sirve para desahogarse, cierto, pero carece de fondo, de utilidad.

Es verdad que estamos acostumbrados a engullirnos sin paladear abstracciones ridículas. Desde los discursos políticos hasta los anuncios publicitarios (si es que no son la misma cosa). Ideas tan absurdas como que dentro de una bolsa de papas fritas hay millones de sonrisas o que cuando te subes a tal coche, la ciudad se convierte en una selva. Pero que seamos bombardeados incesantemente por tales memeces no justifica que nuestra vida, nuestro país o nuestro planeta deban ser vistos a través del mismo cristal.

Una acción, una acción chiquitita que poniéndola en práctica todos al mismo tiempo logre que la violencia y el desorden y el miedo disminuyan. Una nada más. Nómbrenla. Porque yo no tengo idea de qué cosa podamos hacer los ciudadanos comunes y corrientes para solucionar las balaceras, las muertes, los entierros. Y a estas alturas estoy ávida (y no creo ser la única) de escuchar una propuesta, un plan de acción que no venga de institución alguna. Juro que me uniría y apoyaría y exaltaría. Pero ya basta de tan insana repetición de frases “positivas” que no son más que eslógans de los mismos medios y los mismos partidos de los que se quejan. Por favor.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Volviendo del descanso estivo…

Terminé de leer este libro de Cristina Pacheco, un compendio de entrevistas que hizo a pintores y a un par de fotógrafos mexicanos en las décadas de los 70 y 80.* Es triste darse cuenta que nuestros grandes artistas plásticos de entonces no eran grandes pensadores. Digo “eran” porque a excepción de unos pocos, ya todos están muertos. Da tristeza ver cómo no cuentan ninguna idea de verdad interesante. Cómo no plantean ninguna visión del arte o de la vida que revele, que enseñe, que sea novedosa.

A excepción de Juan Soriano, eso sí. Entre las más de 600 páginas que juntó la Pacheco en esos años, se esconde la joya que son las respuestas de Soriano. El único pintor que no parece un payaso autocomplacido, sino un pensador. Alguien que ve al arte en la justa medida. Que no se proclama un dios (Felguérez, Cuevas, Aceves Navarro, Botero) y tampoco hace uso de la falsa modestia (Corzas, Goeritz, Héctor Cruz, Mario Rangel). Dos posturas aborrecibles, supongo que por ser hijas del mismo padre: un ego aberrante.

Es bueno leer frases inteligentes. ¿Qué tipo de lecturas estoy haciendo en los últimos tiempos que ya no me topo con frases inteligentes? ¿Antes sobreestimaba lo que leía? ¿Seleccionaba mejor mis lecturas?

Aunque las respuestas de los pintores en este libro son repetitivas y a veces casi decepcionantes, debo confesar que gran parte de la responsabilidad es de la entrevistadora. No logras leer más de veinte páginas de un tirón. Te empalagas con su perpetuo lameculismo. Con su abundancia, su proliferación, su abuso de adjetivos aduladores como: estupendo, maravilloso, delicioso, magnífico, hermoso. Adjetivos que dejan las páginas pegajosas de prosa melcochada e indigesta. Perpetuamente maravillada, entrevista la Pacheco. Y perpetuamente dispara halagos, cumplidos, zalamerías.

¿Cómo no nos hemos dado cuenta de lo ñoña que es? ¿Cómo es que nadie me lo había dicho nunca? Y digo esto y no ¿cómo no me di cuenta antes?, porque nunca fui asidua de sus programas en el Once. Cuando llegaba a toparme con alguno, veían un trozo y pensaba que a esa persona en particular, la Pacheco debía admirarla mucho. Pero no. Habría que creerle que siente una devota y sincera admiración por todos sus entrevistados. Y aún si se lo creyéramos, lo que produce, más que periodismo sensible, es simple y pura ñoñería.

En fin.
Ahí va una probadita (bueno, dos) de las ideas de Soriano en esa entrevista:

“Cuando algo –escrito o pintado– me golpea demasiado rápidamente, si me estremece de inmediato, entonces desconfío. Todo lo que te saca de quicio, lo que te pone en estado febril, es falso, es truculento. Y es que por medio de ciertos recursos, los artistas nos dan golpes bajos. Es como la sensualidad desatada, que no tiene nada que ver con el amor, ni siquiera con hacer bien el amor.

“La moral nace como una necesidad profunda del hombre. Este no puede ser feliz si no hace acciones que vayan encaminadas al bien, porque entonces destruye la vida. Si destruyes algo bello para hacer algo horrible, estás en el terreno de la inmoralidad”.
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* Por si a alguien le interesa: “La luz de México”, 1995, Fondo de Cultura Económica, 663 pp., México, D.F.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Miércoles del baúl de la abuela...

De mayo del 2004. En Buenos Aires:

“Señores, la camilla, tsss, tsss, señores, dije que la camilla”, dijo un doctor intentando entrar con camilla y dos enfermeros al elevador abarrotado. Los Hospitales públicos. El Durand, mi segunda casa este mes.

Estoy en el pabellón de Clínica Médica, en la sala de espera. No se siente el frío. Y la luz del sol entra por el ventanal calentando algunas espaldas entre las que no está la mía. Está bien. No lo necesito. Vine a que alguien revise la ecografía de mis riñones y me diga que todo marcha como debe.

No había notado que las paredes están pintadas de amarillo y eso me hace sentir mejor, porque no tolero las paredes blancas. El amarillo además, es un color que me gusta. Supongo que esa es una de esas cosas en las que uno repara cuando viene a un hospital público sin ninguna dolencia.

Hace ya dos horas que espero. No sé cuál es la razón, sólo sé que a veces uno pasa rápido y a veces, hay que esperar horas. Y además, golpe de suerte, Clínica Médica está justo a un lado de Tocoginecología. Terminé rodeada de mujeres embarazadas que esperan que aparezca la enfermera para poder acceder al consultorio, que está cerrado y cuya única llave está en manos de la desaparecida. Eso les explicó la doctora. Pero no parece que ellas tengan premura. Han armado una alegre romería y se cuentan sobre sus embarazos, sus partos y sus hijos anteriores. Una de las mujeres tiene un bigote rubio y espeso, la piel rosada y el pelo hecho un lío. Tiene también una voz grave y acapara la conversación. Dice que en el hospital Rivadavia “te atienden para el orto, si les decís que tenés hambre, a la noche no te dan de cenar, nada más esas porcioncitas de mierda que te dan”. Y cruza los brazos o eso intenta, porque con ese cuerpo atestado de carnes y esas tetas inmensas y esos brazos rechonchos. Si yo fuera enfermera, tampoco le daría más de comer. Eso es lo último que a esa mujer le hace falta. Un baño. Eso era lo que de verdad necesitaba.

Han dicho mi apellido y el número del consultorio al que debo pasar. La espera terminó. Chau señoras, y suerte para los que pronto van a estar entre nosotros. Ya verán que después de todo, el mundo no es un lugar tan malo. Aunque no se parezca, en nada, a una placenta.